Indignad@s y Política

Gonzalo Delamaza* / Innovación Ciudadana

Al parecer la movilización masiva y activa de ciudadanas y ciudadanos viene en oleadas que duran un tiempo y luego se retiran hasta un período siguiente. Son momentos de alta convergencia de sectores, intereses y motivaciones muy diversas. Unificación producida por situaciones que habiendo sido aceptadas como inevitables durante un período, devienen en el siguiente en algo insoportable para los actores de la sociedad civil y, en algunas ocasiones se convierten en alternativas políticas, o abren paso al cambio político. Así ocurrió en la gran oleada democratizadora de los años ochenta en América del Sur, que culminó en Europa del Este con el desplome del bloque socialista y el fin de la Unión Soviética en 1991.

Algo similar pareciera estar ocurriendo hoy en torno al Mar Mediterráneo: de una parte se activan multitudinarias movilizaciones democráticas en África del Norte y a partir del 15 de mayo recién pasado surge por toda España el movimiento de “los indignados”, a través de “acampadas de reflexión” en diversas plazas y lugares del país. Por cierto son procesos diferentes, pero también se parecen en algunas cosas: mientras en los países árabes los nuevos sectores medios y de mayor educación presionan por la democratización del sistema político, en España los jóvenes educados pero desempleados y sin futuro exigen que la democracia honre sus promesas y recobre la capacidad de procesar sus demandas y reivindicaciones. La presión de las plazas y la calle pretende recuperar una democracia que parece secuestrada por actores políticos cada vez más impotentes frente a los dictados de una economía de mercado que privatiza las ganancias y socializa las pérdidas en la crisis por la que atraviesa todo el sur de Europa.

Pero también en Chile se activa la movilización social, aunque no existe un escenario de crisis económica. El catalizador de la protesta ha sido el proyecto de represas hidroeléctricas en Aysén –aparentemente algo lejano y aislado- pero, al igual que en otras coyunturas, la masividad y amplitud del apoyo se basa en la convergencia de diversas demandas y motivaciones. Descontando quienes se suman exclusivamente por el interés de oponerse al actual gobierno, pueden identificarse, a mi juicio, tres grandes orientaciones motivacionales de gran importancia y proyección. La primera es la mayor sensibilidad actual hacia la sostenibilidad medioambiental y el rechazo a los costos no considerados del modelo de desarrollo que predomina en el país y que fue impuesto por el poder dictatorial en los años ochenta. La segunda surge del carácter “faraónico” del proyecto que desnuda la enorme concentración de poder que trasunta su concepción y puesta en marcha. Pero por sobre todo el temor a que dicha concentración en un par de grupos económicos nos deje definitivamente atados al carro de sus intereses para un largo futuro. Finalmente creo que se manifiesta profunda insatisfacción con “el modo de hacer las cosas” –como diría el PNUD- es decir con la falta evidente de canales participativos para hacer valer los intereses ciudadanos en la toma de decisiones públicas en asuntos tan relevantes como este.

Posiblemente no todos los manifestantes comparten las tres orientaciones mencionadas, ni piensan lo mismo sobre como resolver cada uno de esos problemas, puesto que la heterogénea sociedad civil tiende a unificarse primero que nada en términos “negativos”, de oposición. Pero abren a través de la voz de la calle el debate público silenciado o simplemente inexistente en aquellas esferas donde se supone debiese suceder: el sistema político, las universidades, los medios de comunicación y el espacio de las políticas públicas. Esta recuperación del espacio público es también la afirmación del “derecho a tener derechos” y en ello se parece a las manifestaciones democratizadoras que están sucediendo en otros países.

La indignación y rechazo al comportamiento de los actores políticos y el sistema institucional llevan a muchos a confiar únicamente en la movilización ciudadana, que perciben libre de los defectos y limitaciones de los primeros. Comprensible pero equivocado. La satisfacción de las demandas planteadas –modelo de desarrollo, repartición del poder, incluyendo el rol del Estado y participación en la toma de decisiones- exige sin duda alguna respuestas políticas e institucionales de nuevo tipo. El desafío siguiente será precisamente la elaboración política de estas demandas y su concreción en propuestas de cambio institucional en un sentido participativo. Esto puede ocurrir a través del surgimiento de nuevos actores o de la canalización a través de los existentes. Ninguna de las dos cosas se aprecia con claridad todavía, pero allí se jugará el destino de la movilización: o abre paso a una nueva etapa de reformas políticas e institucionales, esas que la transición democrática chilena evitó realizar, o da lugar a un nuevo ciclo de frustración y desencanto. Un desafío por lo demás apasionante, sobre todo si da espacio y conecta con la ciudadanía de a pie y a las nuevas generaciones. Un movimiento que se contagia por diversos continentes de nuestro golpeado planeta.

* Director del Centro de Investigación Sociedad y Políticas Públicas

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