Humillación

Por Wilson Tapia Villalobos

Reiteradamente somos testigos de la falacia en que vivimos.  De manera recurrente, quienes ejercen el poder dan muestras de que las normas que se dictan para hacer posible la vida en sociedad, son válidas sólo para los débiles.

Acabamos de ser testigos del trato vejatorio que se le ha dado al presidente de Bolivia, Evo Morales. El mandatario regresaba desde Moscú, luego de asistir a una reunión de países exportadores de gas. Lo hacía en el avión presidencial boliviano.  Cuando debía posarse en alguna ciudad europea para reabastecer combustible, Portugal y Francia le cerraron su espacio aéreo. Igual actitud tomó luego Italia. Se trataba de una medida inaudita, que incluso ponía en riesgo la vida del mandatario. ¿Qué había pasado? Los servicios secretos de los Estados Unidos supusieron que en el avión de Morales viajaba Edward Snowden, el ex funcionario de la Central Intelligence Agency (CIA) que denunció las labores de espionaje que el gobierno norteamericano lleva a cabo ilegalmente tanto sobre sus ciudadanos, como en otras naciones.  En la actualidad, Snowden se encuentra en el aeropuerto de Moscú y Washington pide su extradición.

Finalmente, el avión presidencial boliviano pudo aterrizar en Viena, donde permaneció ocho horas sin que el mandatario recibiera una explicación por la demora.  Tanto, que llegó a preguntarse si estaba retenido o secuestrado. Y cuando la prensa le consultó si dejaría que revisaran su avión, respondió negativamente. Morales se limitó a decir, “no soy un ladrón”.

Hoy se prepara una reunión de la Unión de Naciones de América del Sur (UNASUR) para analizar el incidente. Seguramente de ella saldrá una solicitud de explicación por el hecho inaudito al que se vio sometido Morales. Será la anécdota diplomática. Lo verdaderamente importante es la comprobación de que los Estados Unidos y sus aliados manejan el derecho internacional a su conveniencia y arbitrio. Con absoluta seguridad, el trato vejatorio dado al presidente boliviano no lo habría recibido el jefe de Estado de China, de Rusia, de Japón, de Francia o Alemania.  Incluso, es posible que ni siquiera Dilma Rousseff, mandataria de Brasil, hubiera sido objeto de tal insulto.

Es que para las grandes potencias -y para el poder, en general- los seres humanos pertenecemos a distintas categorías.  Y en América Latina estamos en escalafones menores. Somos consumidores, pero no tenemos los mismos derechos ciudadanos que los habitantes de las naciones desarrolladas.

Este proceder, que es global, se repite a nivel nacional. Quienes manejan el poder tienen a su disposición desde el lobbismo del Gobierno, hasta la anuencia de jueces y la complicidad de numerosos diputados y senadores. Y la ocurrencia de hechos como el que comento, sólo sirve para subrayar el abuso a que estamos sometidos la inmensa mayoría de los habitantes del planeta. Sobre todo ahora que hasta las ideologías políticas que soñaban un mundo mejor para todos han dejado de existir y el único objetivo a perseguir es el éxito en cualquiera de sus manifestaciones. Así se explica que un socialista francés y presidente de su país, como Francois Hollande, haya sido uno de los que encabezara la humillación a Morales.

Este episodio debe inscribirse en el desembozamiento a que el poder está recurriendo para reafirmar el control total. Las revelaciones acerca de los métodos que los “demócratas” aplican a los ciudadanos de sus naciones -cosa que ocurre con menor sofisticación en todo el mundo- es un elemento que da mayor vigor a las protestas ciudadanas. Y eso pareciera estar llegando a un límite que el poder no está dispuesto a aceptar.  De allí que se recurra a aplicar burdamente la “mano dura” a un mandatario tercermundista que reiteradamente desafía al imperio llamándolo por su nombre.

En otra demostración de las maquinaciones a que recurre el poder, en Brasil los sectores económicos ya han reaccionado a las manifestaciones populares.  El principal objetivo ha sido la presidenta Dilma Rousseff, su enemigo político. En un claro intento por sacar al Partido de los Trabajadores (PT) del gobierno, el diario O Globo, vocero -como El Mercurio y La Tercera, en Chile- de los grupos económicos más poderosos, acusa a la mandataria de no saber descifrar el clamor popular.  O Globo olvida muy adecuadamente que la mayoría de las políticas públicas llevadas a cabo en éste y los gobiernos anteriores al PT, han sido diseñadas para beneficiar especialmente a sus grupos económicos y no necesariamente pensando sólo en el bienestar de la gente.

El oportunismo derechista no sorprende.  Forma parte de lo que ya algunos llaman la vieja política. Pero en las actuales circunstancias cobra especial relevancia, ya que puede llevar a Rousseff a tomar medidas que abran cauces diferentes para una política inédita.  Y eso sería un aporte que tendría repercusiones globales. Los ojos de todo el planeta están puestos en la forma en que se resuelven los problemas planteados por los ciudadanos indignados. Y las viejas respuestas, como la que está surgiendo en Egipto de la mano de los militares, no son más que un anuncio de nuevos baños de sangre.

Encuentra y comenta este y otros Aportes en: http://www.wilsontapia.cl

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