Guerra comercial

Por Wilson Tapia Villalobos.-

La guerra, aunque sea comercial, es guerra. Y cuando los enfrentamientos son entre grandes potencias, y en un mundo globalizado, la guerra es mundial. Es lo que hoy vivimos y como no somos determinantes en el balance bélico, sólo pagamos las consecuencias. Es cierto que el padecimiento no es el mismo en el corto plazo. No vemos las escenas atroces de centenares de muertos en trincheras. Pero, en el plazo medio y largo, las consecuencias son tal vez más devastadoras. En estas conflagraciones comerciales no mueren soldados y civiles atrapados en ciudades bombardeadas. Las bajas se van sumando día a día, por períodos extensos y entre los sectores sociales vulnerables. Estas guerras utilizan recursos más variados, porque no dependen sólo de las letales creaciones de equipos de científicos militares.

El actual enfrentamiento adquirió verdadera dimensión global con la llegada del presidente Donald Trump a la Casa Blanca. Las escaramuzas, que durante el gobierno de Barack Obama habían sido más declarativas que reales, subieron de tono en 2018. Ese año, la administración Trump impuso gravámenes a productos chinos por un valor de US$50.000 millones. Y de allí, las tensiones entre Beijing y Washington no han detenido su ascenso. China ha respondido ante cada nueva sanción aplicada por EE.UU. Sin embargo, hasta ahora los efectos no son comparables. El yuan ha experimentado devaluaciones y se espera que el PIB chino vaya a la baja. Esto ya está generando problemas en naciones que, como Chile, no inciden en el enfrentamiento entre las dos principales economías mundiales. Pero los efectos igual son nocivos. La demanda de productos básicos por parte de China, principal socio comercial chileno, ha comenzado a caer. Ello incide en el crecimiento de la economía nacional, cuyas últimas estimaciones ya se ajustan a la baja y las autoridades señalan como explicación la guerra entre las dos grandes potencias. Y, es más, advierten que los efectos dañinos podrían prolongarse. Dejando de lado las recurrentes explicaciones foráneas para los errores de políticas locales, en un mundo globalizado con una economía convulsionada obviamente provocará daño en todas partes.

Hasta allí, todo parece obvio. Sin embargo, la pregunta que subyace es acerca de las razones que imponen hoy un escenario más belicoso. Es lógico pensar que en ello influye la personalidad extrovertida -muy a menudo chapucera- del presidente Trump. Pero, naturalmente, se tiende a creer que en una potencia como los Estados Unidos el poder no puede estar entregado sólo a las manos de una persona. Sin embargo, las bravatas, descalificaciones y, a veces, mimos propalados por twitter, surten el efecto que buscan alcanzar réditos políticos en sectores que al personaje le interesa mantener junto a sí. Es lo que también hacen frecuentemente otros líderes políticos que saben que su respaldo nacional puede mejorar, aunque sea sólo momentáneamente, con una exposición en el plano internacional. Eso lo sabemos en Chile. El presidente Sebastián Piñera es una contundente muestra de ello.

Pero todo esto no cierra el análisis a que debe ser sometida la guerra comercial. Detrás de un conflicto de esta magnitud generalmente se halla el deseo imperioso de mantener la hegemonía. Y Washington siente que el crecimiento de la economía China está llegando a un punto en que pronto la podría desplazar del primer lugar mundial. Teniendo en cuenta, muy claramente, que una economía exitosa en la nación más poblada del mundo (1.395.261.000 habitantes, el 18,20% de las personas que habitan el planeta. USA tiene 329.970.000 habitantes), ha dejado de ser amenaza potencial, para transformarse en un competidor que en cualquier momento puede arrebatarle la hegemonía. Sobre todo, que las políticas impulsadas por el gobierno de Beijing han tenido éxito en sacar de la pobreza a buena parte de su población y ha logrado una industrialización y capacidad para el movimiento de capitales que la tiene ubicada como socio en todo el mundo.

Por tanto, de lo que se trata es de frenar al adversario. Y para ello hay que recurrir a cualquier medio posible. Hoy, estos son casi todos. La excepción es el enfrentamiento militar. Porque eso sí sería una guerra mundial sin apellidos. Y se estima que un enfrentamiento de tal magnitud no tendría vencedores.

Hasta ahora, China se ha limitado a responder a las sanciones y provocaciones, sin tomar la iniciativa. Pero eso puede tener un límite. Y si bien el aumento en los aranceles de productos chinos que ingresan a los Estados Unidos puede continuar, habrá que ver cuáles son los efectos en el mercado interno norteamericano. No es casual que en la economía estadounidense se hayan instalado productos de alta tecnología chinos y que también pululen allí mercaderías que responden a demandas más populares.

La guerra comercial entre las dos potencias recién ha comenzado. Su desarrollo mostrará, seguramente, consecuencias devastadoras.

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