Fernando Castillo Velasco, cultor de la ética de la convicción

Escrito por Rafael Luis Gumucio Rivas
Los Castillo Velasco, Jaime y Fernando, constituyen los pilares de la historia de la vieja Falange, cuyo ethos era “la redención del proletariado y la juventud chilena adelante”. Don Jaime, gran intelectual, agnóstico – en un partido de inspiración cristiana – y eximio defensor de los derechos humanos, era llamado “el maestro” por las distintas generaciones de jóvenes falangistas y, posteriormente, democratacristianos.

Era un maritainiano convicto y confeso, cuando la doctrina del J. Maritain representaba la avanzada del catolicismo. La consecuencia en todos sus actos y la profundidad de sus convicciones caracterizó la vida de don Jaime. Muchos de sus discípulos son, desafortunadamente, más neoliberales que seguidores de Maritain y Mounier, y la Democracia Cristiana, su Partido de siempre, se ha transformado en un ramillete de oportunistas.

Su hermano, Fernando Castillo, también un gran democratacristiano y genial arquitecto, dejó como herencia, en distintos barrios de Santiago, una concepción de la arquitectura muy relacionada con el concepto de una sociedad comunitaria, idea que antaño formó parte importante de la forma de vida de sus compañeros de Partido. Recuerdo que las cartas entre falangistas siempre terminaban con la frase “en la fraternidad democratacristiana”. Había una idea de hermandad que el arquitecto Fernando Castillo supo traducir en su concepción arquitectónica, dejando múltiples comunidades – en mi caso, una de ellas, en la Calle Jesús, nos sirvió como casa de acogida después del exilio, donde compartimos muchos de los “caceroleos” con amigos que aún conservamos.

La reforma de la Universidad Católica, inspirada en los ideales de la U. de Córdoba y, sobre todo, en el papado de Juan XXIII, con el Concilio Vaticano II y en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano de Medellín, y que se anticipó en un año a la rebelión de Nanterre, en mayo de 1968, constituyó uno de los cambios más radicales de las universidades chilenas. Este legado continúa siendo importante hasta nuestros días, cuyos herederos son la rebelión de los pinguinos y la de los estudiantes universitarios de 2011, hasta ahora – en que la identificación con la juventud del profesor de arquitectura, Fernando Castillo, hizo que fuera elegido el primer rector de la Universidad Católica reformada.

Con el correr del tiempo, las nuevas generaciones han olvidado los aportes insustituibles de la reforma universitaria: el gobierno triestamental, en que participan profesores, estudiantes y funcionarios en el gobierno de la Universidad, con la facultad de elegir rector, decanos y directores de escuela; el curriculum flexible y las cátedras paralelas, que permitía a los alumnos su propio camino académico; la apertura de la universidad a la sociedad – promovía, en los veranos escuelas abiertas a obreros y pobladores; era interesante ver a empingorotados y crípticos académicos verse obligados a explicar su materia, con la profundidad de siempre, pero con un lenguaje inteligible y no llena de retórica pseudo-científica; los trabajos de verano, en que los estudiantes se ocupaban de colaborar con una comunidad determinada, entregando sus saberes en provincias y ciudades pequeñas. El rector Fernando Castillo fue un gran animador y promotor de una universidad relacionada con el pueblo y a su servicio.

Posteriormente, Salvador Allende quiso nombrarlo como ministro, en uno de sus últimos gabinetes, pues veía necesario integrar a su gobierno a un democratacristiano progresista, a fin de propiciar el diálogo con este Partido, pero este intento se hizo imposible, pues la directiva de Patricio Aylwin ya estaba bastante embarcada en la estrategia de derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular.

Durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle fue nombrado intendente de Santiago, pero consecuente con sus convicciones y rectitud de vida, renunció cuando los “petimetres” reaccionarios de la Concertación lo presionaron para que negara el permiso a una marcha para conmemorar la muerte de Allende, que debía pasar por la calle Morandé.

La muerte de Fernando Castillo Velasco resalta, aún más, el abismo existente entre políticos que profesaban y actuaban según la ética de la convicción, y los actuales dirigentes pragmáticos, cuyo alfa y omega de la vida es sacar el mayor provecho posible del botín del Estado, y creer que lo único importante en la vida es el poder y el éxito sin importar los medios para lograrlo.

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