Entre muertos y heridos

Wilson_TapiaPor Wilson Tapia Villalobos

Cada vez que escucho noticias acerca de masacres causadas por fundamentalistas, recuerdo al teólogo Antonio Bentué.  En el libro “El alma en crisis”, sostiene que las religiones han causado más muertes que todos los otros enfrentamientos humanos, incluidas las dos guerras mundiales. No es necesario excavar demasiado para comprobar que tanto horror se debe a  tergiversaciones burdas, dramáticamente burdas, de postulados primigenios.  Y todo por la búsqueda desenfrenada del poder.

Los últimos golpes atroces han sembrado dolor en Francia, Turquía, Irak, Afganistán, Pakistán, Siria, Yemen. Sus responsables, yihadistas (talibanes, en Afganistán), término occidental que denomina a los sectores más extremos del islam. La palabra es una derivación de la yihad, comúnmente traducida como guerra santa. Para la concepción social políticamente correcta del siglo 21, parece inconcebible recurrir al terror cuando se trata de imponer ideas, sobre todo religiosas. Pero el manejo del poder no ha dejado de arrebatar la libertad a fin de mantener el statu quo. Y eso se da reiteradamente entre nosotros.

Pareciera que el ADN humano es extremadamente permeable al poder. Una condición que habría sido exacerbada por la extrema competencia que impera en el mundo actual. Desde la educación hasta las exigencias esenciales para la supervivencia están signadas por el competir unos con otros.  Y allí siempre se intentan imponer los designios de quienes manejan el poder. Por eso es que la evolución de las concepciones valóricas humanistas enfrentan tantos obstáculos para que la sociedad las acepte universalmente.  E incluso cuando las instituciones creadas para ello fallan a su favor, los grupos de poder siguen insistiendo en cerrarles el paso, en los hechos.

En Chile hoy vivimos el caso del aborto en tres causales. Son las concepciones religiosas las que se oponen a que la mujer pueda decidir sobre su propios cuerpo.  Y se trata solo de tres razones muy específica: cuando está en peligro de vida de la madre; la inviabilidad de la vida del feto y violación. La ley que hoy se discute daría la posibilidad de opción a la mujer enfrentada a una de estas tres alternativas. Es la apertura a ejercer un derecho que hoy se le niega y que es castigado penalmente si recurre a él.  Sin embargo, existen evidencias de que en el país se llevan a cabo más de 40 mil abortos anuales. Y se estima que las cifras podrían más que quintuplicarse si verdaderamente existiera un catastro confiable. La mayor parte de los abortos que se realizan actualmente corresponden a mujeres de clase media alta.  En los sectores más humildes, el aborto significa un recurso extremo que habitualmente pone en grave riesgo la vida de la madre, por las precarias condiciones médicas en que se realiza. Justo es preguntarse si además del rechazo propio de la mirada religiosa conservadora ¿no habrá en esta actitud un elemento económico relacionado con el costo de la mano de obra?

Es evidente que pese al paso de los siglos, los seres humanos seguimos padeciendo males similares a los de antaño. En donde más se hace patente tal situación es en la política. Ello no es casual.  Nuestro sistema de organización social depende de instituciones en que la política es el hilo conductor y el generador esencial de nuevas ideas. En la actualidad vivimos un momento de adecuación civilizatoria. Las demandas sobrepasan con mucho a lo que está dispuesto a entregar el poder.  De allí que, a nivel global, las protestas se multipliquen. ¿En otros momentos de cambios paradigmáticos ha sido diferente? No.  Las grandes revoluciones han surgido en períodos como éste.

Al parecer, las adecuaciones que se intentan realizar en nuestro país, si bien necesarias, están llegando con retardo. Hasta 1998, los chilenos no tenían la posibilidad de reencaminar su vida a través del divorcio. Hoy, para reconocer la existencia de la homosexualidad debió camuflarse una ley que permite establecer uniones entre parejas del mismo o distinto sexo. No se llama matrimonio, pero en los hechos su similitud queda de manifiesto. Es una demostración de que el poder de la Iglesia Católica, especialmente, sigue marcando maneras de actuar sociales. Y también es la constatación de que, a pesar de la separación  entre la Iglesia y el Estado, la primera continúa imponiendo sus puntos de vista. Cuando no lo logra, retarda los avances humanistas hasta límites difícilmente tolerables.

Las otras reformas que ha impulsada la actual administración igualmente han sido resistidas. Hasta hoy nos regimos por una Constitución Política creada durante la dictadura cívico militar, encabezada por el general Pinochet. Han pasado veintiséis años de regímenes democráticos y aún no se ha hecho una revisión profunda de esa carta fundamental para la marcha del país. Incluso gobernantes abiertamente opositores a la dictadura, como Ricardo Lagos, se vanagloriaron de haber reformado radicalmente la Constitución. Una aseveración falsa, que reafirma la idea de que el poder urde tramas complejas, involucrando a personajes que aparentemente sustentan  posiciones contradictorias.

Los muertos y los heridos siguen marcando el devenir humano. Los muertos y heridos provocados por la incapacidad de entendernos. Hoy pareciera ser más cierto que nunca que el dolor también viene del poder.

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