Entre el fútbol y la nada

Por Wilson Tapia Villalobos

Pareciera que el mundo se va a paralizar por 31 días. Es lo que la inmensa maquinaria comunicacional global trata de hacernos creer. Descontando a aquellas y a aquellos que no se interesan por el fútbol, el resto -aparentemente una inmensa mayoría- debería tener la mirada puesta en Brasil a partir del próximo jueves 12 de junio. En el país anfitrión, un estupendo negocio para servicios tales como comunicaciones, turismo, alimentación.  Antes, ya fue beneficiado el sector construcción, con la edificación y remozamiento de los centros deportivos. Pero se trata de un aporte muy menor para una economía del tamaño de la brasileña, con un PIB de US$2.2 billones. El Estado apenas percibirá entre 0,5 y 12% más de ingresos fiscales normales. Y no se cumplirá la promesa gubernamental de que el mundial sería financiado en un 90% por el sector privado y sólo en un 10% por el fisco.  Hoy, la realidad muestra que el 100% del costo ha salido del erario nacional.

Pero, independientemente de los guarismos, se percibe una realidad que supera el ámbito deportivo.  Que va más allá de esa “pasión que mueve a multitudes”. Pareciera que el fútbol es la única actividad capaz de concitar una adhesión masiva que antes provocaban la religión o la política, por ejemplo. Hoy, la primera se encuentra horquillada por el avance científico y una profunda incoherencia valórica.  La segunda también es derruida por la corrupción y por la ausencia de proyección que la lleven a plantearse con alguna anticipación  frente a los nuevos paradigmas.
En resumen, sólo el fútbol aparece como un área de interés humano masivo. Y para  completar el cuadro, hay quienes intentan darle un significado que va mucho más allá de la actividad deportiva que es.  Desde ya, se ha transformado en un estupendo negocio. La Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) aparece como una transnacional potente.  Que, como cualquiera, impone criterios frente a Estados, corporaciones deportivas -antes llamadas clubes-, transnacionales de comunicación, federaciones de fútbol, sindicatos de futbolistas, y un amplio etcétera.

Claramente, se trata de una realidad que debería preocupar. Sin embargo, quienes inicialmente deberían asumir esa preocupación se muestran como los menos asertivos en la materia. Los dirigentes políticos están muy lejanos del sentir popular, aunque puedan identificarse con algunos ciudadanos por su preferencia por determinada camiseta o club de fútbol. La democracia se encuentra cuestionada. Y a nadie parece importar esa mirada de plazo mediano. Los referentes políticos se muestran más preocupados de mantener sus cuotas de poder, que de encontrar salidas adecuadas para la parálisis actual.

En Chile lo estamos viendo con esta especie de embotellamiento políticos que vivimos. Y en esa circunstancia solamente la derecha parece mostrarse cómoda. Su actitud sólo debe ser retardataria.  De obstaculizar cualquier cambio para mantener el poder económico en manos de su sector. Allí está representada su ideología. En el resto del espectro, la ideología política ha desaparecido y trata de ser sustituida por un mero afán de copar cuotas de poder político que sólo beneficia a quienes lo detentan. Con razón, lo que antes era llamado el pueblo -y hoy son meros ciudadanos o electores-, se siente abandonado, traicionado, hastiado. Y ante tanto desengaño, ejerce su derecho a votar sólo porque es obligado. Por ello, su andar es errático. Un día apoya a tibios reformadores declarativos.  A la elección siguiente, puede cambiarse al bando del inmovilismo conservador, sin ninguna razón que avale tal variación de preferencias.

Es lo que pasó en nuestro país con la llegada de Sebastián Piñera a la Presidencia de la República.  Es lo que está ocurriendo en Europa.  Puede que sea lo que suceda en Uruguay, en la elección de octubre.

Tal vez este último caso sirva para ejemplificar lo que está ocurriendo a nivel global. José Mujica tiene un gran apoyo entre los electores que le reconocen su sinceridad. Pero ese capital político no puede ser traspasado. Y eso quedó de manifiesto en la reciente elección primaria.  Su Movimiento de Participación Popular (MPP) se ubicó en tercer lugar entre las fuerzas que integran el Frente Amplio, la coalición política que hoy gobierna en Uruguay.  Un caso similar al que ocurre con la presidenta Bachelet, que carece de heredero político.

Este panorama muestra claramente la ausencia de interés por las ideologías políticas. Una situación agravada en ambos países por la necesidad de un recambio generacional en la dirigencia.  Tarea que se ve complicada por la actitud de una ciudadanía que sostiene que no le interesa la política.  Como si ésta fuera una actividad ajena a ella. Como si la política pudiera existir sin ciudadanos a los que beneficiar. Es evidente que tal actitud no aporta soluciones. Y pareciera ser un complemento muy adecuado a esta verdadera epidemia que produce, “tan naturalmente”, la pasión de multitudes.

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