Encuentro Mundial de Movimientos Populares

Por  Hervi Lara

Entre los días 27 y 29 de octubre pasados, se efectuó en El Vaticano el Encuentro Mundial de Movimientos Populares convocado por la Comisión Pontificia de Justicia y Paz de la Iglesia Católica. A ella concurrieron campesinos, pobladores, cesantes, migrantes, esto es, los excluidos de la economía de mercado. Chile concurrió con dos representantes: Francisca Rodríguez, de ANAMURI y el obispo Luis Infanti, quien fuera invitado por las organizaciones populares. Francisca Rodríguez intervino ante el Papa, llevando la voz de todas las organizaciones presentes en el Encuentro.

Lo más significativo fue el discurso del Papa, que remarcó su pensamiento antes expuesto en la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (La alegría del Evangelio), del 24 de noviembre de 2013. El Papa, quien fuera llamado “Hermano Francisco” por las delegaciones populares, señaló que “los pobres no sólo padecen la injusticia, sino que también luchan contra ella. No se contentan con promesas ilusorias, excusas o coartadas. Tampoco están esperando de brazos cruzados la ayuda de ONGs, planes asistenciales o soluciones que nunca llegan o, si llegan, llegan de tal manera que van en una dirección o de anestesiar o de domesticar”. Porque “los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y, sobre todo, practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado.”

Este planteamiento del Papa pareciera dirigido en forma especial a Chile, donde las autoridades y quienes ejercen algún grado de poder se encuentran muy lejos de quienes dicen representar, temen y desprecian a quienes, según el Papa, “tienen los pies en el barro y las manos en la carne (…) porque se tiene miedo al cambio que Uds. reclaman, pero sin su presencia, sin ir realmente a las periferias, la buenas propuestas y proyectos que a menudo escuchamos en la conferencias internacionales se quedan en el reino de la idea”.

En esta perspectiva, es válido preguntarse por qué el proyecto de reforma educacional no consulta a los profesores y estudiantes, que son los protagonistas de la educación.

Por qué el proyecto de reforma laboral no surge desde los trabajadores. Por qué la reforma tributaria la elaboraron en “la cocina” de los empresarios. Por qué el cambio de Constitución no nace de una Asamblea Constituyente. Y el Papa responde: “Queremos que se escuche su voz que, en general, se escucha poco. Tal vez porque molesta, tal vez porque su grito incomoda.”

El pueblo no está esperando bonos u otras ayudas asistenciales que se esconden tras una pseudo solidaridad de algunos actos de generosidad esporádicos. El Papa afirma que la solidaridad “es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del imperio del dinero: los desplazamientos forzados, las emigraciones dolorosas, la trata de personas, la droga, la guerra, la violencia y todas esas realidades que muchos de Uds. sufren y que todos estamos llamados a transformar. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los movimientos populares”. Y como si estuviera observando la Teletón o la Cena de Pan y Vino, el Papa agrega: “No se puede abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos. Qué triste ver cuando detrás de supuestas obras altruistas, se reduce al otro a la pasividad, se lo niega o peor, se esconden negocios y ambiciones personales”.

Mientras los centros educacionales católicos han olvidado el Evangelio y la Doctrina Social, el Papa recuerda que “tierra, techo y trabajo, eso por lo que Uds. luchan, son derechos sagrados. Reclamar esto no es nada raro, es la Doctrina Social de la Iglesia”. Más adelante, el Papa felicita a los campesinos “por custodiar la tierra, por cultivarla y por hacerlo en comunidad. Me preocupa la erradicación de tantos hermanos campesinos que sufren el desarraigo, la apropiación del agua, los agrotóxicos inadecuados”, puesto que esto tiene como corolario el hambre, “cuando la especulación financiera condiciona el precio de los alimentos tratándolos como a cualquier mercancía, millones de personas sufren y mueren de hambre”. (…) “El hambre es criminal, la alimentación es un derecho inalienable” (…) “y acá cito el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “la Reforma Agraria es además de una necesidad política, una obligación moral”.

Y continúa el Papa instando a las organizaciones populares a luchar contra el desempleo, el trabajo informal y la falta de derechos laborales, frutos de un sistema económico que descarta niños, ancianos y jóvenes. Es necesario crear una cultura del encuentro, “síntesis entre lo local y lo global”, porque la lucha de los movimientos populares “nos hace bien a todos”.

Es extraño que la máxima autoridad de la Iglesia Católica respalde la lucha por los derechos de los pueblos, mientras algunos obispos se enredan en escándalos sexuales, defienden situaciones de privilegios, marginan a los cristianos considerados “conflictivos” y condenan a los sacerdotes que guían su acción desde el Evangelio.

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