El templo no es la Iglesia

Por Patricio Rivera Moya

Luego de la masiva manifestación ciudadana convocada por los trabajadores en Chile, este 25 de agosto, como ha sido la tónica de otras marchas, un grupo de manifestantes las emprendió contra el mobiliario público y en esta oportunidad, contra el Templo Católico de la Gratitud Nacional.

La imágenes de la televisión, profusamente difundidas, como también ha sido la tónica de cobertura, dio cuenta de cómo los vitrales eran apedreados y las puertas incendiadas.

Al ver aquellas imágenes evoqué la oportunidad en que, en plena dictadura, nos congregamos allí para decir a coro: “Raúl amigo, el pueblo está contigo”, luego de lo cual salimos a manifestarnos contra la tiranía en Alameda con Cummings, en días en que era  iluso pedir permiso a la Intendencia.

Por la tarde circulaba entre los tweets, una frase que decía: “la única iglesia que ilumina es la que arde”, y pensé en la verdad que esconde la reflexión, no en la literalidad del acto del día 25, sino en la profundidad de aquello que profesamos como fe, donde el  principal llamado es a ser luz, a avivar la flama de la Caridad, que es el nombre originario del amor y no la actual versión del vuelto en los supermercados o los depósitos bancarios. Caridad que es ante todo la instalación de la paz y de la justicia.

Pensé en Monseñor Romero, ignorado por la curia y ajusticiado por los paramilitares, en Enrique Alvear, en André Jarlán, en Monseñor Tapia, en tantas y tantos hermanos que han construido horizontes y han abierto puertas en las poblaciones, poniendo el rezo junto con  la acción. A no pocos de aquellos los recuerdo en la calle cantando “yo te nombro libertad”, desplegando el lienzo del Sebastián Acevedo.

Es cierto, hay veces que extraño aquella iglesia, pero también soy parte de esa historia y no he de eludir lo que me cabe en esta involución, es cierto que hay un clero que usa el presbiterio como escalones de poder y no responde en modo alguno a la idea de que el primero ha de hacerse el ultimo, es cierto que hay pecado conviviendo con la claridad y compromiso de otros tantos, es cierto, como cierto es que no importan los caminos que uno escoge para vivir la vida, en el peregrinar uno cae, decae pero también avanza.

En las manifestaciones violentas como la de ayer, contra los semáforos, los paraderos, los autos o los templos, hay no solo lumpen como dicen los medios, hay los que han escogido conscientemente un método de lucha, hay los que se pliegan por un insano sentido de diversión, hay también las víctimas de la violencia ejercida por la pobreza y la frustración, pero  hay también los que son hijos de familias acomodadas y que se vanaglorian de atacar al capital destruyendo el kiosco del obrero o atacando al reportero que se gana la vida trabajando en un medio donde no decide la línea editorial.

En este último tiempo, vemos como en nuestro país y en otros del planeta, los pueblos se levantan y ponen en tensión aquello que beneficia a unos pocos y desgracia a muchos, vemos como las plazas y las calles se vuelven a habitar y como nos reconocemos unos a otros, mas allá de nuestras rejas o de nuestras alarmas.

Al final del día es lo que cuenta, la capacidad de involucrarse y hacerse cargo, junto a otras y otros, de lo que nos pertenece, al final del día, es lo que da las certezas del advenimiento de  un mundo nuevo, la constatación de que, al contrario de las prácticas de la inquisición o las de aquella oscura patrulla militar, la verdad no se impone quemando el cuerpo o las convicciones del otro.

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