El secretario general del CMI habla sobre religiones, libertad de expresión y terrorismo

Olav Fykse Tveit es el secretario general del Consejo Mundial de Iglesias en Ginebra (Suiza).

¿Cuál es nuestra posición tras los atentados de París, cuando las discusiones sobre la religión, los principios democráticos de la libertad de expresión y la prevención del terrorismo vuelven a ser de actualidad?

Sin lugar a dudas, condenamos los atentados de París, como lo han hecho todos los sectores de la sociedad europea y del mundo. No obstante, los atentados también deberían llevarnos a todos, incluyendo los gobiernos, la prensa, los líderes religiosos y todas las partes involucradas en todos los países, a hacer un examen de conciencia.  Basándome en algunas de mis experiencias de trabajo internacional e interreligioso en el Consejo Mundial de Iglesias, me gustaría plantear las siguientes cinco cuestiones delicadas:

Libertad de expresión: ¿para qué y para quién? 

Es cierto que la libertad de expresión es un derecho humano universal, pero hay que tener en cuenta que es también un derecho que se contempla siempre en relación con otros derechos, y por ello existen también limitaciones a la hora de ejercerlo.

En última instancia, la libertad de expresión y la libertad de prensa también son una cuestión de poder.  Deberíamos tener derecho a ser críticos y sinceros en aras del bien común.  La libertad de expresión es una manera de  contribuir a establecer y garantizar la justicia y la paz mediante la corrección de los desequilibrios de poder. Por este motivo, es necesario hacer uso de la misma con responsabilidad.

Nadie puede ignorar el siguiente interrogante, aun cuando todos podamos tener opiniones diferentes con respecto a las respuestas: ¿En qué medida lo que decimos y publicamos nos pone al servicio de la justicia y la paz o en su contra?

La perspectiva de los debates en Occidente puede parecer limitada.  En muchas ocasiones, los que más necesitan la libertad de expresión, que son los pobres, los desfavorecidos, las mujeres y los grupos minoritarios, son los que menos acceso tienen a ella y los que más sufren cuando tratan de ejercerla. Aun así, la libertad de expresión se aplica de manera deficiente o selectiva en muchos países, incluso en aquellos representados durante las manifestaciones en París la semana pasada.  Históricamente, el valor de la libertad de prensa se ha visto limitado para los desfavorecidos, puesto que no son ellos los que controlan la prensa ni los medios de distribución.  Los derechos que se aplican a los pobres siempre se han centrado en la libertad de expresión y de reunión, así como de culto.

¿Utilizamos en ocasiones la libertad de expresión como licencia para el prejuicio?

La sátira puede decir más que otros medios de expresión de uso corriente sobre aquellos que tienen el poder.  En tiempos de dictadura, hemos podido ver cómo la sátira, que es ilegal en los países a los que concierne, puede ser una manera de que el pueblo diga la verdad sobre los poderosos.  Sin embargo, incluso después de la tragedia que ha tenido París como escenario y que ha afectado tanto a un periódico satírico como a la comunidad judía, no es el momento de dejar de lado la autocrítica. Los periodistas entre otros, así como los responsables políticos, deben preguntarse si alimentando la sátira o la crítica podrían estar incitando al odio, a la xenofobia o a los prejuicios étnicos o religiosos, aunque no sea de manera intencionada.

Otro ejemplo que he visto que nos explica por qué la cuestión de la libertad de expresión debe tratarse como algo más que una formalidad es el pretexto de neutralidad utilizado por las autoridades japonesas ante los discursos de incitación al odio contra los coreanos en Japón. La frontera entre los discursos de incitación al odio y la violencia es muy sutil, y hay ejemplos en la historia de cómo estos pueden adquirir proporciones trágicas, como sucedió en el caso de los judíos en Europa en el siglo XX y continúa sucediendo hoy.

¿Deberían las religiones estar por encima de la crítica?

Admitámoslo: la religión ha sido y sigue siendo parte del problema.   Debido a la larga y trágica historia de todas las religiones que han provocado violencia o han sido cuando menos utilizadas para legitimarla, y que lo siguen siendo hoy, la vida y las prácticas religiosas no pueden quedar exentas de crítica y sátira.

Aun así, ¿de qué sirve ofender a millones de musulmanes, por ejemplo, con caricaturas de  Mahoma? ¿No es contraproducente con respecto al propósito fundamental de la sátira y de la crítica? ¿Cómo podría algo que es una ofensa para los valores más profundos de los musulmanes contribuir a construir confianza mutua con nuestros conciudadanos en una sociedad plurirreligiosa? ¿Cómo podría esto estar al servicio del objetivo de obrar por una cultura internacional en la que tenga cabida la libertad de expresión?

En la actualidad, los derechos de las personas y  comunidades religiosas se encuentran sometidos a una gran presión en muchos países, y las limitaciones y sanciones están aumentando notablemente. Las personas necesitan el derecho a criticar a los gobiernos de estos países sin temor a las represalias. Una mayor polarización entre culturas y religiones no ayuda a hacer frente a estos desafíos, y esto es probablemente lo que los terroristas quieren que suceda.

La libertad de crítica también es relevante en el contexto de las iglesias y otras organizaciones para que podamos expresarnos contra aquellos que perpetran el abuso y el mal uso del poder para crear injusticia, violencia, represión y tiranía.  Es nuestro deber formular estas críticas, especialmente en nombre de aquellos que no tienen los medios de hacerlo por sí mismos y necesitan el apoyo de una voz común.

¿Por qué pensamos que Dios necesita protección?

Las leyes no pueden proteger a Dios, contra el que no se puede atentar de la misma manera que se puede atentar contra nosotros, pero deberían protegernos a los seres humanos, a nuestros derechos, nuestra dignidad y nuestras condiciones para vivir juntos.  Las leyes contra la blasfemia en Paquistán, que el CMI ha denunciado en varias ocasiones, crean un ambiente nefasto que puede ser utilizado como pretexto para la persecución tanto de las minorías cristianas como de los musulmanes.

La lección importante que aprendí durante mi trabajo interreligioso  en Noruega en la época de la crisis de las caricaturas, en  el año 2005-2006, es que tenemos que trabajar juntos para proteger el derecho a la libertad de expresión y que tenemos condenar la violencia de manera inequívoca, por el bien común de todas las partes.  Por otro lado, se requieren esfuerzos para fraguar una cultura de comunicación en la que respetemos la dignidad, las creencias y las tradiciones los unos de los otros.

¿Estamos perdiendo la visión de conjunto?

París no es el único escenario de terror brutal y asesinato de civiles inocentes. Boko Haram asesinó probablemente a unas 2000 personas la semana pasada en Nigeria.  ¿Cuántos han sido los asesinados por ataques terroristas y militares del Estado de Siria, y en Siria y en Iraq por aquellos que se hacen llamar «Estado Islámico», no sólo ahora, sino durante los últimos tres años? El contexto más amplio del terrorismo es un contexto de injusticia y falta de respeto.

Desde esta visión de conjunto, tenemos que tomar conciencia de cómo las personas de todas las religiones presentes en Iraq y en Siria están sufriendo de las consecuencias negativas a largo plazo tanto de las intervenciones militares internacionales como de la falta de voluntad por parte de los principales protagonistas en la historia, dentro y fuera de la región, para reunirse y encontrar las soluciones políticas necesarias. Estos y otros conflictos por resolver crean el caldo de cultivo para las manifestaciones extremas de intolerancia y el terrorismo.

Si queremos construir una sociedad internacional de justicia y paz, es obvio que es necesario oponerse a aquellos que pretenden socavar estos esfuerzos separándonos mediante el terror y la violencia.  Sin embargo, también es necesario contribuir de manera constructiva a los procesos de justicia y paz. Uno de los elementos para ello es una cultura de comunicación desde la responsabilidad mutua, desde la libertad, y con respeto y dignidad.

Por ALC noticias

 

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