El realismo que hace falta

Por Wilson Tapia Villalobos

Reclamos crecientes, y a nivel planetario, demuestran claramente que el modelo de  convivencia imperante ha dado todo lo que tenía que dar.  Y no se trata de un conflicto ideológico. No son las miradas excluyentes que caracterizaron la Guerra Fría. La economía operando a nivel global, la apabullante cobertura tecnológica, son muestras definitivas que el mundo cambió y las institucionalidad se quedó atrás.

Resulta poco aceptable que el presidente de un país soberano tenga que buscar el apoyo de pares para lograr que compañías transnacionales cumplan sus compromisos. Es el caso de Ricardo Martinelli, jefe de Estado de Panamá.  Anunció que viajaría a España e Italia para gestionar la actuación de los gobiernos de aquellos países.  La finalidad, obligar a un consorcio integrado por las empresas Sacyr (española), Impreglio (italiana), Jan de Nul (belga) y Constructora Urbana (panameña), que terminen los trabajos de ampliación del Canal de Panamá. La obra tiene un costo total de US$5.200 millones y Sacyr, cabeza del consorcio, pretende que se aumente en US$1.600 millones por costos adicionales no considerados en el presupuesto original. Inicialmente, las obras debían estar terminadas en 2014. Hoy tienen un retraso de nueve meses y se encuentran parcialmente detenidas.

La imagen de la política internacional no es mejor.  A dos años de que Estados Unidos salió de Irak, después de haber depuesto al régimen de Sadam Hussein, el país árabe se encuentra sumido en una virtual guerra civil. Y quien aparece imponiéndose en ella es una facción de Al Qaeda.

La temblorosa economía de buena parte de Europa es otra manifestación de que algo no cuadra. Y todos los intentos por frenar la influencia de China con alianzas, como la del Pacífico, hasta ahora resultan inefectivos.
La realidad que hoy se vive en el mundo es de convulsión. Las protestas de movimientos sociales en las calles reflejan el malestar de la ciudadanía. Pero no, necesariamente, son el reflejo de un esquema ideológico avalado por un proyecto político específico.  Lo que ocurre parece darle razón al presidente uruguayo José Mujica, cuando dice que “la política está preocupada de mantenerse en el poder, pero no se preocupa  de para donde vamos”. Y esa pareciera ser la pregunta esencial.

Jamás ha habido tanta riqueza como hoy en el mundo.  Ni la tecnología ha avanzado con similar rapidez.  Pero tal situación no ha sido aprovechada para dar una vida digna a la población.  Por el contrario, nunca ha habido tantos pobres, ni el hambre se ha encontrado tan presente en tantas partes del planeta.

El nuevo paradigma aún no aparece con toda claridad, pero ya se atisban algunas de sus formas.  Parece evidente que existe acuerdo, momentáneo al menos, de que el capitalismo es el único sistema que asegura crecimiento económico. Lo aceptó la socialdemocracia.  Y hoy es evidente que a tal convicción también se han sumado partidos y países comunistas -China entre ellos- de distintas latitudes, incluyendo el PC chileno.  Por lo tanto, ese no parece ser el problema. El verdadero desafío es lograr que el reparto de la riqueza sea lo más equitativo posible. No en la medida de lo posible, sino estableciendo reglas claras que no desdibujen las líneas matrices capitalistas, pero sí que las humanicen. Para eso es necesario contar con la fuerza de apoyo suficiente. Y esa sólo puede darla un Estado consciente de su responsabilidad de defender a los ciudadanos frente al abuso del capital. Una condición que hoy parece imposible de desterrar, pero si factible de mantener dentro de cánones que hagan que el crecimiento económico realmente signifique desarrollo social.

El escenario que dibuja el mundo de hoy está lejos de los marcos políticos en que se debaten los políticos chilenos. Lejos de las tensiones menores generadas por apegos a parcelas de poder. ¿Es realista posponer la discusión sobre el futuro de Chile por las fracturas que siempre han caracterizado a la derecha?  ¿Es aceptable que la eficiencia del nuevo gobierno vaya a estar sujeta a las aspiraciones de un “Tea Party democristiano”? ¿Es concebible una sociedad en que los jóvenes manejen cuotas de poder crecientes gracias a sus movilizaciones, pero que los problemas fundamentales que denuncian sean tratados de manera superficial? Más que irresponsabilidad, eso es falta de realismo y carencia de ideas acerca de lo que trae el futuro.

Para Chile, el realismo que hace falta debiera traer cuotas crecientes de autocrítica y generosidad de la clase política. Y un reconocimiento explícito de que una democracia sometida a un régimen neoliberal extremo sólo puede llevar a un estado de crispación creciente. Eso, en cualquier lenguaje, se llama crisis.

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