EL PODER Y LAS COMUNICACIONES

Por Wilson Tapia Villalobos

Las comunicaciones están en lo más profundo del alma de esta sociedad virtual en que vivimos.  Constituyen la estructura misma del sistema.  Y, a la vez, son uno de los productos de mayor consumo en el mundo.  Dos características que las recaman de poder. En cualquier actividad humana que esté relacionada con éste, resulta imposible ignorar el impacto comunicacional, especialmente a través de los medios.  Ya se trate de creación de imagen política, empresarial o de posicionamiento de una marca o de una empresa.  El marketing es el distintivo que diferencia a nuestra civilización de consumidores.  Y, cosas curiosa, es esta herramienta la que determina muy claramente el desarrollo de la democracia. De allí que para lograr bases democráticas sólidas sea indispensable contar con medios que muestren la verdadera gama de la información, sus distintas perspectivas.

En Chile tal equilibrio no se da. El espectro comunicacional es dominado por grupos económicos de un mismo signo ideológico.  Por tanto, la visión que encuentra la opinión pública en los medios es unilateral. Y tal realidad no ha sido casual. Se comenzó a estructurar desde el mismo día del golpe militar, el 11 de septiembre de 1973. Una situación que se esperaba fuera superada al terminar la dictadura, la Concertación la prolongó en el tiempo. En poco menos de 37 años, casi dos generaciones de chilenos han sido moldeadas bajo determinada óptica.

Explicaciones para tal hecho existen muchas.  Pero yendo a lo más burdo, está la frase de Eugenio Tironi. Cuando era el responsable de las comunicaciones, en el gobierno de Patricio Aylwin, dijo: “No hay mejor política de comunicaciones que no tener política de comunicaciones”.  Y allí se selló la suerte de numerosos medios que nacieron en plena dictadura para luchar por la democracia. Eran parte importante de lo que debería haber sido el renacer democrático chileno.

Evidentemente una visión equivocada de Tiróni.  Pero ella obedecía también a la propia percepción del presidente y de algunos de sus ministros clave, como Edgardo Boenninger y Enrique Correa. Tironi y Correa terminaron siendo lobbistas exitosos. Y pavimentaron el camino para la comprensión y el trabajo conjunto de empresas nacionales y transnacionales con líderes concertacionistas.

Es una manera de ver esta política de los acuerdos, en que el entendimiento para sacar adelante políticas públicas se mezcla con los negocios privados.  Y se trata de una visión transversal.  Si así no fuera, carecería de uno de sus pilares de sustento. Sin una prensa pluralista, es imposible que la opinión pública juzgue tal situación manera acertada.  Carece de información para formarse un juicio.

La situación del diario La Nación ha reavivado la discusión acerca de la prensa. El matutino estatal se encuentra a punto de ser enajenado y pasaría a manos privadas.  Con ello, se ahondaría aún más la indefensión de la opinión pública chilena. Sería conveniente mantener un medio escrito público que hiciera gala de verdadera independencia.  Y eso sólo puede garantizarlo el Estado. Con una reglamentación que asegure transparencia y equidad para todos los sectores. Así ocurre en países desarrollados, como Gran Bretaña, en que puede existir la BBC. Esto no fue capaz de hacerlo la Concertación durante los 20 años en que manejó el gobierno.  Tal vez por miopía, por apego a esquema ideologizados del pasado o porque se creyó que la política de los acuerdos hacía que todo fuera más o menos lo mismo.  Pero no lo era. La ilusión que daba el manejar el poder político no era más que eso, una ilusión.  Y ahora que esa lonja de poder se sumó al poder económico y al poder comunicacional, recién empieza a cambiar la percepción.  Pero hay que advertir que no es por claridad política.  Se trata de un simple juego de intereses.

Por otra parte, hay analistas que confunden todo. Están convencidos que las cadenas de El Mercurio y La Tercera son éxitos editoriales.  Y que se mantienen con vida gracias a su calidad periodística.  Comparan tal supervivencia con la desaparición de numerosos medios de otro signo. Su conclusión es que el la falta de calidad periodística provocada por un chapucero compromiso ideológico hizo morir a tales medios.  Una explicación muy alejada de la realidad.

Nunca los medios de comunicación escritos se financian con la circulación.  La publicidad es la que permite, incluso, que tales medios se regalen.  Y hoy vemos que los diarios no sólo son eso, sino sirven de base para tarjetas de crédito y a su alrededor se ha creado una fuerte estructura de consumo a través de clubes de lectores.

Es necesario aguzar la mirada para comprender que los medios son un elemento más en la urdiembre consumista.  Simples vehículos para hacer consumir más. De paso, farandulizan la política, la desprestigian. Con ello, la opinión pública deja de ser el gran árbitro y se transforma en un consumidor poco exigente en cuestiones trascendentes para su propia vida. Ya no es un gourmet que gusta de la coherencia política.  Se conforma con la comida chatarra.  Y, claro, eso generalmente termina enfermando del corazón a la democracia.

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