El peso del poder

Por Wilson Tapia Villalobos

Como era de prever, el poder esta aprovechando sus inmensas ventajas. Los seis meses de paros y marchas estudiantiles han desgastado a sus protagonistas.  Y hoy el escenario promete un inusual parecido al del epílogo de la “revolución pingüina”, de 2006. Aquella vez, miles de estudiantes se quedaron con las manos vacías y la sensación de que el poder se impone sin más consideraciones que su propio peso.

El resultado que estamos viendo actualmente no es halagüeño ni tranquilizador.  Si bien muestra vencedores, ellos no pueden vanagloriarse de haber tenido la razón como arma determinante. Tanto así que el propio comandante en jefe de las fuerzas que hoy parecen ser las ganadoras, reconoció en innumerables oportunidades -aquí y en el exterior- el valor de los argumentos de sus contrincantes. Pero como en la guerra, estas palabras parecen haber sido sólo escaramuzas destinadas a hacer avanzar una estrategia que se apoyaba en los medios de comunicación. Y éstos trasmitían mensajes adecuados a tales objetivos.  Para ello usaban la imagen del líder generoso y amplio. Que contrastaba con retratos de una realidad que aparentemente provenía del otro sector. Allí se mostraban instantáneas de violencia, de intransigencia, de inmadurez. Todo lo cual hacía evocar miedo. Mientras, el objetivo final era ganar tiempo. El paso de éste menguaba las fuerzas del enemigo, los estudiantes.

Puede que el episodio de un semestre plagado de desencuentros y protestas, pase a la historia como un esfuerzo en desuso más. Pero habrá dejado una serie de enseñanzas. La primera, sin duda que Chile cuenta con un sistema educativo discriminador.  Un sistema que, por añadidura -y talvez como objetivo central-, tiende a preservar el manejo del poder en las manos de los mismos grupos sociales. Un sistema basado en el lucro y cuyo principal beneficiario -no el único- es la Iglesia Católica. Otra enseñanza, que el poder no trepida en arrasar con el oponente.  Lo que da como resultado una imagen aterradora. Es imposible alcanzar los cambios por medio de una exigencia razonada que desemboque en el diálogo, como debe hacerse en democracia. En otras palabras, tendrían razón los que predican la violencia para eliminar el sistema vigente, como única manera de avanzar a etapas de mayor equidad.

Chile no ha sido el aula exclusiva para impartir estas enseñanzas acerca del comportamiento del poder.  Gran parte del mundo ha servido para propagarlas. La nueva realidad que conmueve al mundo árabe, la crisis que enfrenta a descontentos con sus autoridades en varios países de Europa, el tratamiento que se ha dado a los efectos de la crisis financiera internacional, son algunas manifestaciones con mayor proyección de un fenómeno que parece ser global. En estos casos -al que se suma Chile- el poder ha pasado por sobre las aspiraciones de la ciudadanía.  Ha hecho caso omiso de sus deseos.  Y, en todos ellos, el manejo de los medios de comunicación ha resultado relevante. Todo hecho en nombre de la democracia, del bienestar y la seguridad del pueblo -la gente, en léxico modernizado.

Veamos, por ejemplo, lo ocurrido con Libia. De inmediato surgen varias preguntas.  ¿Por qué Occidente -EE.UU, Inglaterra, Francia y la anuencia de la OTAN- se impusieron la tarea de encauzar allí, a sangre y fuego, la democracia? ¿Por qué no hicieron lo mismo en Túnez o en Egipto?  Porque la democracia egipcia o tunecina no era menos cuestionable que la de Muammar Gaddafi. ¿Sería por el petróleo libio?

Es difícil olvidar el caso de Irak.  Allí la justificación ni siquiera fue la democracia.  Se trataba de armas de destrucción masiva, e Irak también es rico en petróleo. Un argumento similar se está utilizando para aumentar la hostilidad hacia Irán. Allí es la posibilidad de que pueda contar con armas nucleares. Y la justificación para oponerse a ello es la “irresponsabilidad” de sus líderes, encabezados por Mahmud Ahmadineyad. Tal explicación es ridícula.  Ni siquiera es válido el fanatismo con que son presentados los islamistas -Paquistán también cuenta con armas nucleares. Posiblemente el caso iraní sea especial porque desordena la zona en que Israel cumple la función de guardián occidental.   Una zona, nuevamente, rica en petróleo.

La inconsistencia de la defensa de la democracia es tan evidente. Lo que ocurre en Arabia Saudita y Kuwait, por ejemplo, tampoco es defendible desde la perspectiva democrática.  Pero estos reinos petroleros obedecen obsecuentemente los dictados del sistema financiero que rige al mundo desde Occidente.

Somos testigos de un período dramático.  Un período en que la idea democrática ha sucumbido bajo los embates del poder económico. Con un sistema global en que la política la hacen los economistas y ésta es a la medida de grupos de interés que manejan el poder mundial a su amaño. ¿Tiene importancia lo que puedan pensar los habitantes del mundo? Parece que poco.

La idea democrática ha sido desvirtuada. Su práctica actual ya no obedece a los dictados del pueblo. Ni aquí, ni en las naciones que se llaman a sí mismas “la cuna de la democracia”. Por eso, quienes hoy intentan recuperarla, son tratados de violentistas, de fanáticos.  Y la herramienta esencial que se utiliza para desvirtuar tales demandas, es el miedo.  Miedo virtual a través de los medios de comunicación.  Miedo real, utilizando la inmensa brutalidad represiva con que cuenta el poder.

Nosotros, los chilenos, de eso sabemos.

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