El movimiento estudiantil en Chile y la política

Por Sebastián Jans Pérez /Reeditor

Hace 92 años los estudiantes salieron a la calle para cambiar la historia de Chile. Lo hicieron junto a las organizaciones de clase media y los trabajadores. Fue la primera vez en que los estudiantes impactaron profundamente en el proceso político chileno, aun cuando no se les reconocía la condición de ciudadanos. Con los obreros (excluidos entonces de la participación política) llevaron a cabo las asambleas de alimentación nacional, para denunciar las condiciones generadas por la crisis posterior a la Primera Guerra Mundial, y con la clase media levantaron un conjunto de demandas democráticas y, por primera vez, el reconocimiento a las reivindicaciones sociales en la sociedad y en la política chilena.

Apropiado ese movimiento social por parte de la demagogia de Arturo Alessandri Palma, recuperó fuerzas con la crisis de fines de 1924, de la mano de la intervención de la llamada “juventud militar” y de la recuperación de las demandas de 5 años antes. Nuevamente hubo otra figura estelar que llevó las cosas por otros caminos: el coronel y luego general Carlos Ibañez del Campo.

Sin embargo, el impacto de la participación de los estudiantes dejó su huella en el país. Sin esa generación de estudiantes protestando contra el estado de cosas vigente, no habría sido posible que Chile tuviera jornada de trabajo de 8 horas, legislación previsional, fin de la oligarquía parlamentaria, separación de la Iglesia y del Estado, el Estado Docente y la ampliación del derecho a voto. Fueron ellos los que construyeron e integraron la nueva clase dirigente que hizo posible la Constitución de 1925, el relato enorme del Frente Popular y el emblemático “gobernar es educar”. Sin los estudiantes de 1918 y 1919, el país no hubiera avanzado hacia el siglo XX.

A ellos se sumó la generación de estudiantes que se movilizó contra la dictadura de Ibañez, en 1931. Otro momento particularmente relevante de las luchas estudiantiles, que impactaron significativa y favorablemente en la política chilena.

Pero, los eventos previos a 1920 tienen elementos comunes a los de hoy. Esos estudiantes, como hoy, se enfrentaron a una oligarquía. Se enfrentaron a un sistema de representación anquilosado, formal y autosatisfecho, y entendieron que sus demandas tenían por sobre todo una dimensión política.

Leyendo hace unos días al columnista Ascanio Cavallo, me dio la sensación de que describía el sistema de representación de 1918, sobre todo al definir los vicios del Congreso, pero no; se refería al parlamento de hoy. Porque más allá del discurso mediático de algunos, solo para las cámaras y lleno de lugares comunes, lo que se advierte es que un anquilosamiento y una incapacidad enorme de entender los problemas reales de la sociedad.

Felizmente, esa extraterrena mirada cupular es lo que ha permitido que el movimiento social emerja con la pureza de sus convicciones, y emerja de la mano de los estudiantes, con un coherente y legítimo discurso político, equidistante de las lógicas de la convencionalidad de la clase política vigente.

Se asustan muchos de que los estudiantes actualmente movilizados tengan un planteamiento político. Si lo tienen es porque entienden el quid del asunto: no habrá la educación que ellos esperan si no hay cambios políticos fundamentales, si no cambian la apoltronada clase política existente, si no rompen el circulo vicioso de la inequidad y la desigualdad, si no profundizan la democratización y reponen un verdadero concepto de ciudadanía.

Efectivamente, el gran valor de este movimiento es que tiene un contenido político, que apunta al corazón del sistema, y de su claridad de ideas políticas depende su fortaleza. Por ello la clase media y los sectores de trabajadores lo han hecho suyo. Por ello, su primera victoria fue política: la salida del Ministro de Educación Joaquín Lavín, paradigma personalizado del sistema que quieren cambiar. Por ello es que rechazaron la mediación del arzobispo, al fin y al cabo, cabeza de uno de los holdings más importantes beneficiados con el actual sistema educacional.

En la medida que el movimiento estudiantil tenga un trasfondo político garantiza que sus reivindicaciones tengan trascendencia y logre sus objetivos. Permite que puedan negociar y elegir adecuadamente con quien negociar.  Ello es lo que permite vislumbrar que habrá en el próximo futuro una nueva clase política y una mejor democracia.

La demanda por plebiscito para definir lo que la clase política actual no quiere asumir, es una apuesta política y un desafío a la incompleta democracia chilena. Significa poner el debate en torno a las demandas por una mejor educación, fuera de la lógica y la estructura mental que sostiene la actual institucionalidad. Para la oligarquía actual es casi demencial, porque no pueden comprender que los temas irresolutos entre los presuntamente representados y sus presuntamente representantes, puedan ser resueltos democráticamente a través de la expresión soberana del pueblo. Por cierto, el terror a que la gran mayoría apoye en un plebiscito las demandas de los estudiantes – al fin y al cabo las demandas de la clase media y de los trabajadores – los paraliza.

Un personaje representativo de los vicios de un sistema de representación en crisis y cada vez más antidemocrático, sacó la voz para reivindicar la naturaleza representativa de la democracia chilena, haciendo una caricatura de la democracia participativa. Han sumado a ese planteamiento a un coro de satisfechos, del foro de los exclusivos, para atacar la idea de que haya decisiones que no estén tamizados por sus intereses. Sin embargo, no cabe duda, a pesar del ex Ministro de Educación, que no era partidario de tener mucha historia en los programas de educación, los estudiantes han aprendido de los griegos que la democracia en la república es un adecuado equilibrio entre la representación y la participación, y que la participación es un derecho cuando la representación está torcida, desvirtuada o manipulada.

Saludable es entonces, que el movimiento de los estudiantes esté politizado, ya que implica que sus demandas y sus objetivos tienen la claridad necesaria, y no son consecuencia del espontaneísmo.  Significa que tenemos la certeza de una nueva generación política con convicciones más firmes que las que tiene la actual clase política, entrampada en los vicios de un sistema de representación caduco. Ello garantiza que podemos tener la esperanza de una mejor educación, una mejor democracia, una mejor república.

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