El ministro Golborne y su primer planteamiento político

Sebastián Jans Pérez / w5

El Ministro de Obras Públicas Laurence Golborne, que ha adquirido connotaciones presidencialistas como consecuencia del esfuerzo mediático de la prensa tradicional y monopólica, ha tenido por fin un pronunciamiento político, luego de emerger a la escena política nacional desde el oráculo tecnócratico de la coalición en el gobierno, que estaba llamado a formular la nueva forma de gobernar, que iba a ser el sello de la actual administración del país.

Ha sido el más perdurable exponente del grupo de ministros advenidos desde la inmaculada cualidad de sus experticias y especialidades de gestión de grandes corporaciones, y que han ido siendo reemplazados por los más eficaces representantes de la Derecha política, avezados en esas lides, y que han debido dejar sus cargos parlamentarios para dar más coherencia a una efectiva gestión de gobierno, no sin pagar los costos de la incapacidad tecnocrática de sus predecesores.

Los eventos de la mina San José pusieron en las pantallas a un quebrado Ministro que fue conminado a asumir una condición de liderazgo en el rescate por los propios familiares de los mineros atrapados, y obligado a mantener la debida templanza frente a la tragedia que les afectaba, que los recursos del Estado y la experiencia minera de una empresa del Estado, representada en el ingeniero Sougarret, hicieron posible de llegar a un feliz término.

Ese momento de gloria del actual gobierno dio la oportunidad propicia para sectores sacacuentas de la Derecha para catapultar con posibilidades electorales a una figura nueva y mediática, siguiendo el padrón que alguna vez permitió la candidatura presidencial del peculiar Ministro de Hacienda de Pinochet, Hernán Büchi.

Por alguna razón, la Derecha chilena sigue optando preferentemente por figuras inconexas de la acción política concreta para levantar figuras presidenciales, despreciando a aquellos que han tenido una labor política perdurable y consistente con el rol del político que se espera de aquellos que deben conducir  los destinos del país por mandato popular. Está en el ADN de los sectores conservadores de nuestro país despreciar a sus políticos, como lo está en despreciar la política como una actividad digna. Ha estado en la comprensión de los grandes propietarios y en la clase adinerada considerar a los políticos como un mal necesario.

Entonces, para sostenerse como figuras con pretensiones a cargos políticos, estas figuras etéreas, que prefieren estar permanentemente libres de la contaminación del ejercicio republicano, deben aventurar algunas ideas que señalen que están en consonancia con aquellos que los elevan al sitial de las posibilidades electorales. Es decir, deben salir a expresar opiniones que den garantías a los sectores que esperan representar de que su pensamiento tiene coherencia con los que terminarán financiando las costosas campañas políticas.

Así, el Ministro Golborne, lejísimo de las experiencias de Allamand, Longueira y Matthei, pero muy cerca de los poderes fácticos del conservadurismo, ha expresado en la semana precedente lo que debemos considerar su primer aporte al debate político, indicando que aquellos que quieren cambiarlo todo deben ganar las elecciones si quieran concretar sus aspiraciones.

Por cierto, hay en ese planteamiento una eventualidad política que demuestra que el ministro quiere entrar al ruedo seriamente. Es decir, ya ha entendido lo que significa tener aspiraciones  políticas, algo debe haber asimilado en su paso por el Instituto Nacional, que deja siempre sembrado en el subconsciente de sus egresados el sentido republicano de su proceso educacional, aún en las precarias condiciones de la municipalización.

El caso es que, advenido a la contingencia, el ministro ha propuesto y ha conminado a los indignados a resolver los grandes temas del país a través del ejercicio electoral, como corresponde a todo ejercicio democrático y republicano. Desde luego, su planteamiento pasó a un segundo plano mediático, producto de las polémicas afirmaciones de un personero de su coalición, que señaló que el 65% de los hijos de este país están perdidos de todo concepto de orden y disciplina por no provenir de “familias tradicionales”.

El caso es que el Ministro Golborne se las ha jugado por un planteamiento muy coherente con su sector político, luego de que los estudiantes y el movimiento social han puesto sobre la mesa las enormes insuficiencias de nuestra actual democracia, cuya crisis de representación pone en tela de juicio de manera evidente el agotamiento del sistema político, que fue negociado con la dictadura por las fuerzas democrática a fines de los ‘80, y que ha sido reivindicado como un sistema que ha dado estabilidad política y ha contribuido al crecimiento del país. Ambas afirmaciones, sin embargo, han sido evidentemente superadas por los acontecimientos recientes.

En primer lugar, porque el actual sistema de representación ya no da estabilidad, lo que se advierte en que la protesta social no siente que el sistema sea capaz de canalizar sus demandas ―si así fuera la gente  no estaría protestando en las calles―, y segundo, porque el concepto de crecimiento, que ha estado en boga por 20 años, ha terminado siendo repudiado por parte de las clases medias, que han sostenido sobre sus hombros el costo de su permanencia.

Efectivamente, la realidad muestra que no hay confianza política en gran parte de la población con derechos electorales, en que bajo las actuales condiciones la resolución electoral de los temas en debate público sea la solución que propone el ministro.

Primero, el sistema de representación no es representativo. Su carácter binominal nunca ha tenido una coherencia efectiva con lo que se expresa políticamente en la sociedad chilena. No olvidemos que ha generado vicios objetivamente repulsivos como fue la elección de Allamand y Frei, en la última elección senatorial de la  Décima Región, donde ambos fueron candidatos únicos de su sector, sin siquiera haber tenido la decencia de ponerles un candidato simbólico al lado, como  ocurre habitualmente en este viciado sistema que la ciudadanía debe estar legitimando periódicamente con su voto.

Seamos sinceros: los senadores y los diputados no son electos por la ciudadanía, sino los negociadores en las alianzas políticas, ya que ellos determinan el candidato ganador varios meses antes de las elecciones, y al candidato simbólico que aportará con votos, pero que no saldrá elegido.  Que las directivas de los partidos de la Derecha designen senadores y diputados de reemplazo ―y antes la Concertación― no es falta de decoro, sino simplemente la extensión de la misma lógica, y ello no tiene, al parecer, por qué ser para los dirigentes de partidos una cuestión moral ni pulcramente democrática.

Si a ello sumamos que la mitad de la población con posibilidad de ejercer sus derechos electorales no está inscrita en los registros ni se siente motivada o convencida de que su voto sea importante, debemos pensar seriamente en que el sistema tiene una crisis fundamental.

Entonces, sería conveniente que el Ministro Golborne, que ha entrado al ruedo de la política real, aclare sus planteamientos sobre cómo debiera ser el sistema electoral, sobre lo que hay que corregir  y lo que hay que mantener, para que los problemas del país se resuelvan de modo concreto en el marco democrático, en el ejercicio de elecciones realmente representativas del sentir popular, y sin las distorsiones que quedaron de las negociaciones de los ‘80, y que las leves reformas producidas posteriormente no han sido capaces de mejorar, producto de la acción de los legisladores de su sector, que, con un poco más de un tercio de los votos, han logrado equiparar en representación, lo suficiente como para perpetuar la esencia de un sistema electoral y de representación definitivamente en crisis.

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