El horror de la violencia

Wilson_TapiaPor Wilson Tapia Villalobos

Cuando creemos que ya podemos continuar confiando en la bondad del ser humano, un nuevo horror nos hace dudar de tal certeza. Si no son masacres provocadas por fundamentalistas en Europa, África, Asia o por narcos en América, son aviones abatidos en que mueren decenas y centenares de pasajeros inocentes. O la brutalidad nos golpea de cerca con algún crimen bestial por la irracionalidad de los celos o la estupidez disfrazada de verdad ideológica.

El último aporte local se produjo el 21 de mayo. En el mismo momento en que la presidenta de la República entregaba su cuenta anual, violentas manifestaciones sacudían el centro de Valparaíso. Varias bombas molotov lanzadas contra locales comerciales, iniciaban voraces incendios.  Uno de ellos se propagó hasta consumir el edificio municipal. En su interior estaba el guardia Eduardo Lara Jara (71), quien murió por asfixia.

Justo una semana antes, el país había sido conmovido por otra bestialidad.  En Coyhaique, Nabila Rifo (28), madre de cuatro hijos, era atacada en la madrugada del sábado 14. Su agresor le arrancó los ojos y la dejó con daño cerebral grave.

La reacción social ha sido de estupor, de incredulidad, de ira. Es difícil no compartir todas esas emociones.  Pero la vida en comunidad no se construye solo sobre bases emotivas. Es necesario buscar las causas de lo que está ocurriendo. Tomar medidas de fondo que interpreten y reencaucen el comportamiento social.

Para decirlo en pocas palabras, el diagnóstico en el caso de Nabila está claro. Los celos, el machismo, el alcohol fueron la mezcla explosiva. Es evidente que para enfrentar comportamientos que impulsan tales componentes, no basta con leyes que castiguen severamente el femicidio. Hay que ir más allá.  Tal vez no solo por el camino del castigo -que debe existir y ser severo-, sino esencialmente por la educación.

Y en este punto sería necesario detenerse. Hoy vemos cómo la lucha de mujeres valientes y visionarias está dando resultados.  Las mujeres comienzan a ocupar lugares destacados en la sociedad. ¿Pero son los lugares que les corresponden? La sociedad sigue siendo machista.  Eso implica que las mujeres deben acomodarse a las exigencias que ello impone. Dicho de otra manera, tratar de comportarse como hombres para no ser discriminadas por sus características y aptitudes distintas, que las tienen.

Para lograr que las mujeres sean respetadas y consideradas como corresponde, es necesaria una revolución.  Es un cambio que va mucho más allá de las cuotas o de la nivelación de salarios. Si tal paso se emprende, habrá que prepararse para una larga y sorda lucha. Tomando como base las resistencias que han provocado reformas para alcanzar mayor equidad o lograr un trato justo en educación,  no es difícil imaginar lo que estas otras reformas generarían. Pero si se alcanza el éxito, tendremos una sociedad en que el poder podrá ser ejercido sin distinción de género. En que, verdaderamente, mujeres y hombres serán considerados iguales, a pesar de sus diferencias.

La otra bestialidad tiene bases diferentes, pero se enfrenta con la misma ceguera de los ciegos que no quieren ver. Las voces condenatorias de pronto semejan más a un sainete que a propuestas con sentido. Van desde trasladar el lugar en que quien ejerce la jefatura del Estado entrega su cuenta anual o crear una legislación especial que castigue a los encapuchados. Lo de cambiar el lugar, no vale ni la pena analizarlo.  Es como el chiste de don Otto y la venta del sillón. Y lo de la legislación especial, es acentuar la sociedad segregadora en que vivimos. ¿Acaso el mismo delito no iguala a los delincuentes? En Chile sabemos que no es así y de allí el desprestigio de la Justicia.

La muerte de un ser humano debe ser castigada con severidad. Sin dudas y sin vacilación. Igual que los delitos contra el Estado debieran tener penas iguales para todos. Pero en Chile no ocurre eso, ni en el primero, ni en el segundo caso. Hay ejemplos recientes.  Está lo ocurrido con el hijo de Carlos Larraín. No fue castigado por haberle causado la muerte a una persona que atropelló con su auto.  Manejaba en estado de ebriedad. Y ¿cuántos son los parlamentarios o empresarios presos por delitos de colusión, evasión de impuestos o cohecho?

En los conglomerados humanos el ejemplo es esencial.  Y este debe provenir de los referentes.  De aquellas personas que por sus méritos ejercen el poder. Así debiera ser en una democracia en que las instituciones funcionan y en la que sus líderes respetan sus valores.

El horror que provoca la violencia no debiera paralizarnos. A veces debiera llevarnos a mirarnos hacia adentro. Comprender cabalmente el momento histórico que estamos viviendo. Exigir soluciones, pero estar dispuestos a aportar la cuota de sacrificio necesaria.

Los cambios que se requieren son profundos, pero hasta ahora nuestros referentes los minimizan. Es la maldad la que hay que detener,  no dicen los medios de comunicación. Pero manchan con esa palabra solo a los que provocan desmanes visibles. Los que atentan contra el bien general, que provocan la destrucción  de valores y la vida miserables de millares de seres humanos, siguen siendo emblemas.

Esa violencia también provoca horror.

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