El difícil aprendizaje de la modestia

Por Wilson Tapia Villalobos

Los chilenos no nos podemos quejar de letargo. Cada día conocemos algo que nos sorprende.  Por desgracia, en el último tiempo la mayoría de las sorpresas han sido desagradables.  Casi todas relacionadas con la parte oscura del ser humano. Esa que nos lleva a creer que el fin justifica los medios. Y ese fin casi siempre es el poder, el imponerse sobre el otro en una competencia desleal o, por lo menos, marcadamente desequilibrada. Es el caso de las colusiones de grandes empresas -farmacias, papel, pollos, etc.- y de profesionales -empresas conformadas por médicos, por ejemplo- para sacar beneficios. Aquí el Estado es secundario -perdón, subsidiario- y tiene que respetar sin vacilaciones las leyes del mercado, que no son parejas. Que se pueden manipular al arbitrio de quienes manejan el poder. También es el caso de la política, en que el ciudadano, que es el que debiera justificar su ejercicio, carece de información para saber qué es lo que realmente hacen sus representantes.

Moviéndonos en esta realidad, nuestra Corte Suprema de Justicia adoptó una resolución en que se inmiscuye en decisiones judiciales de otro país, Venezuela. Lamentable.  El móvil es claramente político, lo que deja al descubierto la esencia de esta herramienta fundamental de nuestra democracia. Independiente del riesgo que significa que la Corte de Bolivia, de Perú o de cualquier otro país, se inmiscuya en las decisiones que adopten los jueces chilenos, demuestra que nuestros magistrados no han aprendido la lección. Esa lección fundamental que es la humildad, el no sentir que se pueden dar clases a los vecinos. ¿U olvidaron lo que ocurrió en dictadura?  ¿O una vez terminada ésta, cuando dejaron que el tirano salvara todas las vallas judiciales y sus atropellos a los DD.HH. quedaran archivados para siempre? ¿Olvidaron que aquí se juzga con distinta vara al ciudadano que tiene poder y dinero, que al chileno común y corriente?

Este acontecimiento ha servido para que líderes de opinión se pronuncien. Se ha escuchado una mayoría de voces que cuestionan la liviandad de nuestros jueces. Entre ellas está la del democratacristiano, ex ministro de Estado, Genaro Arriagada. En una entrevista en que cuestiona que el presidente de su partido, el senador Jorge Pizarro, ejerza tan alto cargo, habló de la resolución judicial. La cuestionó, pero no sin antes decir que tenía “el más absoluto desprecio por el régimen de Nicolás Maduro, por ser un atentado contra la libertad, la democracia, por sus abismales niveles de corrupción e ineficiencia”.  Las razones del desprecio de Genaro Arriagada por el gobierno venezolano tal vez tienen una raíz adicional que los niveles de corrupción, ineficiencia y atentados a la libertad.

En Venezuela, la corrupción es de larga data.  Ya se conocía en aquella época en que el Copei (la D.C. venezolana) gozaba de los atributos del gobierno que se repartían con Acción Democrática (Social Democracia).  Cuando el petróleo valía oro y la DC chilena era mantenida por el Copei. ¿En ese momento Venezuela era ejemplo de probidad?  ¿Olvidó que el último desastre administrativo venezolano en la democracia que él no desprecia, y cuyas bases son las mismas de ahora, se produjo bajo la administración de Rafael Caldera, un democratacristiano como él?

Hoy Venezuela no está en la órbita de los elegidos por Washington. Es una administración “izquierdista” despreciable. Una división que también hace Arriagada. Para él hay dos izquierda.  Una respetable que “bien podrían ilustrar Ricardo Lagos, Felipe González”. O sea, aquellos que ostentan una postura ideológica dispuesta a insertarse en las prácticas del neoliberalismo. La otra es “la izquierda borbónica, que no olvida ni aprende nada.”, al decir de Teodoro Petkoff, un redimido guerrillero venezolano de la década de los 60, que cita en términos laudatorios Arriagada.

Pareciera que estos referentes políticos chilenos desconocen lo que está ocurriendo en el mundo. O no han tomado conciencia, o no quieren ver, que las instituciones que sustentaban a la civilización occidental se caen a pedazos.   Que los ciudadanos no confían en ellas, comenzando por la democracia representativa, desvalorizada por medio de artilugios que han buscado enriquecer a los que eran designados por el pueblo soberano para que lo representaran. En vez de hacer análisis serios que aporten soluciones para salir de ese incordio, se insiste en el modelo.

En el caso chileno, el tema no es menor. Aún no ha pasado medio siglo y las experiencias políticas que hemos vivido desde 1970 hasta ahora parecieran haberse olvidado.  Aquí estamos, con una generación de referentes que pretenden dar lecciones de distinto tipo.  Lecciones, todas, en las que claramente hemos reprobado.
Es difícil el aprendizaje de la modestia.

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