EL AVC DE LA POLÍTICA CHILENA

Por Wilson Tapia Villalobos

Nada como las cuestiones valóricas para conocer las verdaderas posturas políticas.  Por eso el revuelo que han causado estas tres letras: AVC o Acuerdo de Vida en Común.  Y se llama así, porque el tranco de la institucionalidad chilena en estas materias es lento. No olvidemos que este fue el penúltimo país del mundo en introducir el divorcio en su legislación.

¿Cómo se iba a hablar ahora de matrimonio homosexual? Entonces se le buscó el ajuste para asegurar el patrimonio de todas las parejas que conviven sin haberse casado.  Una preocupación muy adecuada y cuestión crucial en esta sociedad en que el Derecho de Propiedad es el Derecho Humano estelar.  Está bien. Pero lo que, definitivamente, no está tan bien es que una vez más los chilenos estemos entrampados en las estrechas miradas religiosas, en terrores confesionales, en pacaterías disfrazadas de bien a la patria, a la nación, al futuro de nuestros niños, etc., etc. Por eso, la unión legal homosexual se tiene que esconder detrás del AVC. Y, lo que llega a ser gracioso, es que hay algunos, como el senador democratacristiano Andrés Zaldívar, que dicen que “el país no está preparado” para la unión entre personas del mismo sexo.

Quizás cuantos años seguiremos con el AVC, tal como ocurrió con la hipocresía de la nulidad matrimonial.  Y, por supuesto, sujetos a la aprobación patriarcal de la Iglesia Católica y de otros credos. Algunos reclaman, esgrimiendo la calidad laica del Estado chileno. Y tienen razón.  Pero yo no me desgasto en sacarle lustre a las disposiciones legales, aunque sean constitucionales.  Con Estado laico o sin él, la Iglesia tiene su peso específico.  Y, más que la religión y sus propagadores, la mano conservadora, que es la mano del poder, ha establecido aquí su coto de caza.

El problema es que Chile tiene que avanzar.  Como decía recientemente el presidente Piñera, “Chile está bien, lo que no está tan bien es la política”. Desde la perspectiva empresarial, él tiene razón.  Porque en ella no se considera el reparto de la torta. Por el contrario, mientras más concentrada, mejor. Pero nadie puede desmentir que la política está mal.  Y, lo que es más grave, se trata de la gran política.  De los marcos referenciales. Aquellos que conforman los grandes principios, como la libertad, la igualdad, el respeto a la persona humana. Y en eso, nuestros líderes han fracasado. Es más, tienen perdida la brújula.  Parecen obnubilados ante la posibilidad de salvar el propio pellejo.  Como si los más catastróficos vaticinios referidos al 2012 estuvieran comprobados científicamente.  Y hasta los ultra positivistas, ateos, racionalistas, andan en lo mismo. Han echado en el canasto de los desperdicios los valores esenciales. Toman las decisiones que se les antojan y después quieren que la gente se sienta representada.

Cuando estos conservadores hablan del matrimonio, lo hacen como si se tratara de una institución sacrosanta.  En realidad, no es más que una convención.  Y éstas sirven hasta que la sociedad decide cambiarlas.  Es lo que está pasando en todo el mundo. No es, como dice el senador DC Hosain Sabag, una institución “para la renovación de la especie humana”.  La especie se renueva gracias a la naturaleza, no por un artilugio legal.  Que, por lo demás, siempre tuvo por objetivo la conservación del patrimonio, no de la especie.  Pero el senador Sabag, cuando se trata acumular riqueza, sabe de lo que habla.

¿Por qué a la Unión Demócrata Independiente (UDI) le preocupa tanto que la homosexualidad, el lesbianismo y otras opciones sexuales tengan visibilidad? Mero conservadurismo. Estrechez de mente.  Si los seres humanos hubieran seguido las visiones de estos personajes durante el largo caminar de la Humanidad, continuaríamos viviendo en un planeta plano, que sería el centro del sistema solar. Aún nos debatiríamos entre el cielo y el infierno, los esclavos todavía existirían y las mujeres deberían caminar dos pasos detrás de los hombres. Y, como decía San Pablo, sin hablar en público, porque para eso está su marido.

Que Pablo Longueira piense eso, está bien.  Es su derecho.  Y que Jaime Guzmán lo siga instruyendo desde el más allá, también es respetable. Pero si el resto de la sociedad piensa distinto ¿por qué no considerar igualmente ese sentir?  Allí se encuentra la base de la democracia. Mientras no comprendan aquello, la política seguirá estando mal, porque se encontrará fuera del tiempo.  Y cuando eso ocurre, los ciudadanos tienen más razones para crisparse. Porque entienden que a quienes detentan el poder no les basta con ganar cada vez más dinero y someterlos a través de argucias financieras.  El poder lo quiere todo, hasta dirigir al ser humano en sus prácticas privadas. Y eso es la peor de las dictaduras.

¿Por qué no llaman a plebiscito para dirimir las cuestiones valóricas?  ¿Por qué no les preguntan a los ciudadanos lo que quieren para el futuro?  ¿Por qué no les preguntan si quieren seguir con esta caricatura de democracia que permite que sólo dos bloques se repartan el poder legislativo?

El AVC de la política chilena es mucho más que tres letras.  Y ni siquiera son las primeras del complejo alfabeto de la democracia.

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