El arte sublimaba mejor

arte_sublim-760x470Por Andrés Fonseca López

No sé si alguien haya escrito algo al respecto. Supongo que sí. Pero desde hace algunos años tengo la teoría de que la llamada contracultura nacida en los sesenta y que tuvo su apogeo revolucionario en el mayo del 68, sólo sirvió para sublimar los deseos de transformación social. Sublimar según el psicoanálisis es el proceso con el cual uno redirecciona un deseo prohibido a una actividad más aceptable por la sociedad. La cultura hippie, el rock, el LSD, etc. no sólo fueron rápidamente asimilados por la sociedad capitalista sino que, y esta es la hipótesis de este artículo, tuvieron un rol reaccionario en lo que respecta a modificar las relaciones de producción -que, a todo esto, es lo que intentan hacer las verdaderas revoluciones. Sí, lo admito, hubo protesta y hasta grupos armados en Europa y otros lares ¡así de rebeldes! Pero esa revuelta era más juvenil que obrera, más estética que ética, más simbólica que concreta. Más light en resumen.

Tal vez el punk es el mejor ejemplo de como un rechazo radical por lo existente puede sublimarse en gritos y guitarras para luego más tarde devenir vómito de Báltica en una cuneta.

Como con efecto retardado, el mayo 68 llegó recién a Chile el año 2011, que fue cuando, tal como los europeos antes, tuvimos nuestra primera revolución nacida de las expectativas creadas por una sociedad más abundante (y hastiada). Lo de la educación como derecho universal era asunto sólo de algunos pocos espíritus nobles. La mayoría quería ir a la universidad gratis para tener un título que les diera un buen empleo con buen sueldo y así integrarnos rápidamente y sin sobresaltos a la sociedad de consumo. Este dato no es invento: se podía obtener con una encuesta rápida en una de las tantas marchas por la educación. Lo cierto es que nada de vocación o aportar a la sociedad. ¿Y por qué deberíamos pensar en ello si la regla que opera a todo nivel en nuestro país es “sálvese quien pueda”?

También, tal como en Europa, tuvimos cultura a destajo en nuestro simulacro de revolución. Todos querían tocar en las batucadas o pintarse como mimos afrancesados (Amelie era como el Che en ese tiempo) en medio de una protesta. El pobre vocablo protesta nunca estuvo tan vaciado de sentido. En fin, queda la impresión que con tanto “arte y cultura” tipo Fondart se sublimó no poco potencial transformador el 2011. No por nada los medios de comunicación de los empresarios eran los más felices. Se sentían en Barcelona con tanto pasacalle y buenaondísmo.

Pero alto. Algunos también tomaron las “armas”. A escala europea, los más radicales hacían caso omiso de la Ley Antiterrorista y recurrían a ilegales fuegos de artificio. Cada marcha finalizaba con una gran performance pirotécnica que rompía el orden establecido, paradójicamente, con una ordenada rutina: cortar la calle, lanzar fuego, entretenerse un rato con la represión y emprender la retirada. ¿No habla mal de los rebeldes su amor por el ritual, por la repetición? En caso de victoria profetizo anquilosamiento.

Actualmente, sin embargo, corren tiempos peores. La gente ya no se pinta la cara, ni hace un ruido insoportable con timbales; la depresión se llevó lo lúdico. Nadie se toma el espacio público -por último- para flirtear con otros u otras; ahora Tinder es el escenario de la pulsión erótica. De las performances rebeldes ni hablar; la propia ciudadanía las asfixió por considerarlas más violentas que la desigualdad social. ¡Ja! No saben nada de arte conceptual. Ahora seguimos sublimando, pero encerrados en nuestras piezas, aislados frente al computador tecleando revoluciones inmateriales en 140 caracteres. Enjuiciando a todos por “amarillos”, porque en Internet todos son guerrilleros. Mientras tanto afuera, la derrota es dramática.

Parece que el arte sublimaba mejor.

Andrés Fonseca López es Licenciado en Filosofía

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