El 2012

Por Wilson Tapia Villalobos

Que año más publicitado el que se nos viene. El calendario maya ha servido de base para especulaciones apocalípticas. Una costumbre a la que mostramos clara adicción los seres humanos. Sobre todo, la civilización occidental.  Si no, recordemos los milenarismos.  El 999 se acababa el mundo.  Luego el 1999.  Y todo, supuestamente, basado en palabras del propio Jesucristo. Más positivos, respecto del 2012 también se tejen conjeturas de evolución hacia estados de mayores niveles espirituales. De cualquier modo, un final.

Lo concreto, una especie de escalofrío recorre la columna vertebral de muchos a medida que se acerca el 21 de diciembre de 2012.  Ese día es cuando acaba la cuenta larga del calendario maya, que es un ciclo de 5.125 años. Y tal recuento lo iniciaron, haciendo una equivalencia con el calendario gregoriano, el 13 de agosto de 3114 aC.

Seguramente estos habitantes de la mesoamérica prehispánica (250 a 900 dC) querían dejar un dato para la posteridad. Y de paso, demostraron su acabada formación como astrónomos y matemáticos. Pese a todo ese desarrollo, es posible que no imaginaran cuán famosos serían.  Y cuanto dinero ayudarían a recaudar a la industria del  cine y de la TV, a editoriales, a la publicidad. A agoreros de distinto pelaje. Y hasta a científicos que se han especializado en demoler o afirmar las predicciones catastróficas o cuajadas de espiritualidad.

Es poco probable que los mayas predijeran tal desarrollo de los acontecimientos.  Al menos ninguna de sus estelas da cuenta de ello.  Pero  quizás sea una coincidencia -sincronía, corregirá alguno de mis amigos esotéricos- que justo en las cercanías del 2012, el mundo esté convulsionado.  Y no con protestas menores.  Tal vez no aparecerá un planeta llamado Nibiru para colisionar con el nuestro.  Pero es evidente que se está fraguando un cambio que tendrá una profundidad no experimentada jamás por nuestra civilización. Todo parece indicar que una crisis terminal afecta a la manera en que nos relacionamos los seres humanos.

El 2011 ha sido un año que ha servido para aclarar algunas cosas.  En primer lugar, la concentración económica ha llegado a niveles jamás conocidos. Hambre y derroche coexisten.  El éxito lo justifica todo, en la misma medida que relega a la felicidad y el amor.

Y mientras el proceso avanza, el ser humano ha ido perdiendo identidad. Por tanto, las instituciones que se había dado para una convivencia civilizada, han dejado de tener sentido.  La democracia muestra tantos significados como miradas se fijen en ella. Eso explica que algunos dirigentes políticos locales hagan un escándalo porque  comunistas chilenos enviaron condolencias por la muerte de Kim Jon Il.

Como si Corea del Norte fuera el centro del eje del mal. No es menos democrática que China, pero representa un mercado mucho menor, claro. Tampoco tiene la importancia geoestratégica de los petroleros Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos o Qatar. Pero tanto en Corea como en China y en las naciones árabes mencionadas, los derechos ciudadanos son conculcados. Y en estas últimas, las mujeres son aún personajes sin derechos políticos.

En el 2011 hemos sido testigos de cómo se impone la democracia a sangre y fuego.  Y, claro, en naciones que interesan a quienes tienen el poder para hacerlo.  Es el caso de Libia.  No es el único.  Antes fue Irak, Afganistán.

El poder no ha cambiado su manera de ver la realidad. Y ya está claro que el presidente Barack Obama podrá tener aspecto de ébano, pero es astilla del mismo palo imperial que América Latina y el mundo han conocido desde hace más de un siglo. Algunos de los pocos sistemas comunistas que quedan dan muestras de anacrónicas y patéticas dinastías. Con menos boato que las casas reales árabes o europeas, pero dinastías al fin.

Básicamente Fukuyama tenía razón en su opúsculo “El fin de la historia”. El capitalismo se impuso como fase superior del liberalismo.  Pero se equivocó en que sería un imperio de larga data.  Las contradicciones se han agudizado desde que el neoliberalismo sentó su primacía en la economía global. Y lo que hemos visto en el 2011 es la profundización de un sistema en que las políticas públicas se basan en lineamientos económicos.  Por eso es que los estados de bienestar son desmantelados.  La justificación, lo gravoso de su peso para las arcas fiscales. Pero, paralelamente, la economía mundo nunca ha estado más floreciente, en término macroeconómicos.

Es la contradicción en que vivimos.  El entendimiento entre los seres humanos se ha complicado.  Los ciudadanos han pasado a ser meros consumidores.  Y, como consecuencia de ello, el puente que une a unos y otros, es el lucro.  El que logra sobrevivir en este juego macabro puede considerarse exitoso.

Aunque Chile tenga el récord latinoamericano de suicidios en jóvenes entre los 10 y los 19 años (7,7 por cien mil habitantes), mostramos orgullosos nuestras cifras macroeconómicas.

Seguramente, el 2012 traerá respuestas que se prolongarán por años. Pero será una muestra más de que algo comenzó.

¡Bienvenido 2012!

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