Ecologistas de postal

Por Pedro CAYUQUEO /azkintuwe

Fui víctima de bullying en Twitter. Como Ricky Martín al salir del closet. O el propio Edmundo hace solo un par de semanas. Fue a propósito de la polémica votación del proyecto Hidroaysen. Bastó que manifestara un par de reflexiones sobre “Patagonia Sin Represas” para que explotara mi TL y apareciera lo mejor del repertorio anti-mapuche chilensis. “Aborigen resentido”, “indio aliado de Hidroaysen”, “ahijado de Alinco y la CSM”, fueron algunas de las perlas. ¿Qué escribí para merecer 140 caracteres de tamaño escarnio público? Que la oposición a Hidroaysen me merecía, cuando menos, un par de comentarios políticamente incorrectos.

Señalé, por un lado, el dudoso perfil “ecologista” de algunos ilustres miembros de dicha coalición ciudadana y, por otro, la gran cantidad de dólares dando vueltas en una campaña insólitamente multimillonaria (así lo prueban sus numerosos registros documentales, las inserciones a todo color en prensa, las gigantografías en terminales aéreos nacionales y extranjeros y, sobre todo, el propio reconocimiento de sus portavoces de haber gastado en “publicidad” la friolera de ¡un millón de dólares!). Sobre esto último, reconozco que puede tratarse de simple y bendita envidia. Ya quisiéramos los mapuches tamaña capacidad logística para nuestros oscuros y siniestros propósitos políticos. Hoy por hoy, salvar la vida de cuatro dirigentes encarcelados y en huelga de hambre, el más urgente y apremiante de todos. Para los interesados, sepan que acaban de cumplir 60 días en ayuno. Y han perdido, informan sus familiares, unos 22 kilos en promedio.

Volviendo al tema que nos convoca, reconozco que lo de las platas pueda tratarse de envidia. Pero sobre el dudoso perfil de algunos ilustres vinculados a “Patagonia sin Represas”, créanme que hablo con bastante conocimiento de causa. Conocí un par de ellos en la emblemática oposición a la Central Ralco a mediados de los años 90’. No los nombraré, pero si leen esta columna se reconocerán y sospecho que de inmediato. Por semanas compartí con ellos en el Alto Biobio, territorio hasta donde arribaban, de preferencia los fines de semana, con sus modernas 4×4, sus tenidas Gore-tex y un discurso “ecologista profundo” que a las familias pewenche sonaba tan extraño como el Arameo Nestoriano. Eran fácilmente identificables allí a la sombra del emblemático Volcán Callaqui, en tierras de la Comunidad Quepuca Ralco; en su mayoría rubios, de apellidos vinosos, oriundos del barrio alto capitalino, ex alumnos de la Pontificia y del Verbo Divino y fanáticos como pocos de los deportes extremos. Furibundos opositores a los planes de Endesa-España, criticaban por igual a la empresa como a las familias locales que aceptaban –casi siempre a regañadientes- dar finalmente su consentimiento al polémico megaproyecto apadrinado por Frei.

Nunca supe qué les interesaba defender más; si las aguas del Bíobío o los derechos territoriales y culturales de los mapuche-pewenche. Nunca supe qué les molestaba más; si la violación flagrante de estos derechos perpetrada por la Concertación o despedirse y para siempre de sus excitantes bajadas en rafting. De haber llegado a expulsar a Endesa, de seguro, habrían continuado con los pewenche, bastante poco dados estos últimos al ecologismo profundo o al conservacionismo. No lograron ni lo uno ni lo otro, por suerte. Apenas las cosas se pusieron negras (es decir, hizo su aparición la fuerza pública con su habitual delicadeza interétnica), abandonaron el barco. Nunca más supe de ellos. Mientras los porfiados mapuches seguíamos insistiendo con detener los planes de Endesa en la montaña, envalentonados por el coraje de dos ancianas dignas y maravillosas, los imaginé masticando la rabia en algún rápido de Canadá o bien Australia. Nunca sospeché que habían emigrado con sus kayak y petacas a la Patagonia. Lo averigüe recién cuando, hojeando un empastado y carísimo libro de “Patagonia sin Represas”, di con sus nombres y reseñas en los créditos.

Tal fue el comentario que desató la histeria de muchos en Twitter. Que me perdonen los reales opositores ayseninos al megaproyecto –del cual siempre he sido y públicamente declarado opositor- pero hay cosas en esta historia que deben ser dichas en esta tribuna. Un cementerio pewenche yace bajo 70 metros de agua en el embalse artificial de la represa Ralco de Endesa y de los “ilustres” ambientalistas opositores a Hidroaysen, no he escuchado hasta la fecha ni pío. Media docena de proyectos hidroeléctricos amenazan desde hace una década a comunidades de Coñaripe, Liquiñe y Panguipulli, y de parte de los “ilustres” opositores a Hidroaysen, hasta la fecha sacramental silencio de grillos. Llegado a este punto uno se pregunta y créanme que con bastante razón; ¿A qué se oponen cuando se oponen a Hidroaysen? ¿A qué se oponían cuando se oponían a Ralco? ¿A un modelo económico depredador del medioambiente y violentador de ciudadanías, pueblos y culturas? ¿O bien a que una multinacional no les atropelle su inalienable y exclusivo derecho al ocio?

Puestas así las cosas, uno puede llegar hasta comprender a ratos el discurso PROrepresas del diputado René Alinco. Y es que el californiano parlamentario de Aysén tan perdido no anda cuando denuncia, y con ventilador, a los que gusta llamar “ecologistas de postal”. Créanme que los hay. Y más de uno dando vuelta en causas tan justas y necesarias como aquella que ocupa la atención de todos por estos días. Guste o no, acontece en “Patagonia sin Represas”. Y también en muchos otros grupos que confunden sus parques de diversiones con el Medioambiente.

* Publicado originalmente en The Clinic, Edición del 12 de Mayo de 2011.

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