¿Dónde se aprende a diseñar el futuro?

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Por Jorge Castillo / Humanum

En el marco del Informe Nacional de Desarrollo Humano 2012 en Chile “Bienestar subjetivo: el desafío de repensar el desarrollo”, el área de educación del PNUD y de UNICEF desarrollaron un estudio tendiente a conocer cuán incorporada estaba, en la oferta educativa chilena, la formación de capacidades clave para el bienestar subjetivo y cuán pertinente era incorporar la formación de estas capacidades en el quehacer de la educación formal.

El estudio arrojó dos resultados clave. En primer lugar, mostró que de las once capacidades que el Informe identifica como claves para el bienestar subjetivo, el currículum formal chileno enfatiza principalmente algunas (Poder conocer y comprender el mundo en que se vive, tener vínculos significativos con los demás y poder participar e influir en la sociedad en que uno vive), dejando claramente de lado otras (Sentirse seguro y libre de amenazas y tener y desarrollar un proyecto de vida propio).

Cuadro 1: Jerarquización de la factibilidad de desarrollo de capacidades para el Bienestar Subjetivo en la educación chilena

En segundo lugar, mostró que la capacidad menos abordada en el currículum chileno es la de “tener y desarrollar un proyecto de vida propio”. Ésta, tanto en opinión de los expertos en educación consultados en el estudio como de los propios estudiantes encuestados, es una de las capacidades que más debiera ser potenciada en el aula. Aspectos relevantes de esta capacidad son: poseer libertad de elección biográfica, racionalidad práctica biográfica (capacidad de planificación), optimismo vital (confianza en el futuro), la posibilidad de realizar actividades vitales desafiantes y significativas con el propósito de alcanzar la realización personal. En general todos estos elementos dan cuenta de la idea de “autonomía”, cada vez más necesaria en una sociedad como la actual.

La idea que la educación formal entregue herramientas que promuevan la definición de proyectos de vida por parte de los estudiantes, y en sentido más amplio, apoyen la “formación para la autonomía” en ellos, aparece como necesaria en el contexto en que hoy nos movemos, más incierto y abierto que antaño. En efecto, la misma OCDE ha señalado recientemente en su proyecto DESECO (Definición y Selección de Competencias Clave), que uno de los tres elementos clave de una educación de calidad hoy es el conocimiento y gestión de sí mismo. Además, se considera que es la escuela el espacio privilegiado para abordarlo ya que interviene en una etapa crucial de los sujetos en la que se comienzan a estructurar este tipo de definiciones.

Sin duda, asumir este desafío no es fácil. En el caso chileno, por ejemplo, el aumento de los años de escolaridad, la cobertura casi universal de la educación media y a la presión en todos los segmentos sociales por continuar estudios en educación superior -con el consecuente retraso en la inserción laboral-, constituyen tendencias que evidencian dos procesos. Por una parte, una alteración del encadenamiento tradicional de los ciclos biográficos y la temporalidad social y, por otra, la emergencia de nuevos elementos a considerar en la  configuración de los proyectos de vida de la población chilena. Las demandas por más y mejor educación dan cuenta de cómo la educación se configura como un pilar importante respecto a dichos proyectos y a las trayectorias sociales que de éstos se desprenden.

En este marco, creemos que la educación puede cumplir un rol fundamental. Pero no sólo –como a veces se ha creído- en tanto productora de certificaciones que permiten cimentar proyectos de vida por medio de la empleabilidad y la participación en el mercado laboral. La educación permite además el potenciamiento de las capacidades requeridas para enfrentar el surgimiento de eventos inesperados que amenazan la continuidad de las trayectorias previamente definidas. Permite reformular estratégicamente los proyectos de vida.

Una educación que se preocupa por las trayectorias de sus estudiantes es una educación enfocada a apoyar la inserción de éstos en la sociedad actual. Es una educación que se adapta a los cambios acontecidos en las sociedades modernas y que visualiza la necesidad de dotar a los sujetos de herramientas para lograr insertarse eficientemente en ellas.

Hay que reconocer que Chile ha comprendido que esto constituye un desafío y ha desplegado algunos instrumentos orientados a  apoyar el desarrollo de trayectorias educativas post obligatorias (más allá de la enseñanza secundaria). En efecto, la progresiva complejización de los sistema de información disponibles para la toma de decisiones personales sobre continuidad de estudios, desde varios sistemas parciales y desagregados hasta sistemas de información agregados, son una prueba de ello. También parece ser una medida que ayude en este sentido, la ampliación indicada en las nuevas bases curriculares de educación básica, donde se vuelve a reposicionar el área de “orientación escolar” como sector curricular y como tarea de la escuela.

Sin embargo, todavía hay desafíos pendientes. Las tasas de deserción de la educación superior, los años promedio que se emplean para terminar una carrera, la mala empleabilidad de algunas carreras e instituciones- así como  las dudas que subsisten sobre calidad de la educación superior, remiten a que la tarea de asegurar trayectorias formativas consistentes y habilitantes continua siendo un desafío de primer orden para Chile.

Es importante considerar la relevancia de este aspecto en términos sociales. Las consecuencias de no hacerlo puede repercutir no sólo en sujetos menos agenciados y menos satisfechos con sus vidas, sino también en ineficientes decisiones vocacionales y laborales con sus respectivas consecuencias subjetivas (frustración y malestar) y sistémicas (deserción y desempleo).

Este desafío es crucial para Chile pero probablemente también para todos los países en vía de desarrollo. Cabe preguntarse a este respecto por la situación que acontece en otros países de la región sobre este punto. ¿Es la escuela un espacio que prepara a los niños y jóvenes para esbozar proyectos vitales ambiciosos y a la vez realistas en su realización?  ¿Les entrega herramientas para poder afrontar trayectorias dirigidas a realizar dichos proyectos en un escenario social cada vez más complejo e impredecible?

Estás son preguntas que deben sistemáticamente plantearse los sistemas educativos de la región si es que efectivamente tienen como propósito apoyar la realización plena de sus generaciones más jóvenes.

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