DOLOR ARGENTINO

Por Wilson Tapia Villalobos

Partió Néstor Kirchner (60) y para muchos habrá sido un alivio.  La muerte de ex presidente argentino (2003 – 2007) cambia abruptamente el mapa político de su país. Y abre un paréntesis sobre liderazgos en un año electoral, lo que hace la situación mucho más acuciante y dramática por la forma en que se produjo.

Esta mañana su corazón dejó de latir. Fue la definición de un proceso que se venía manifestando desde hace tiempo. Este año tuvo dos alertas graves. En febrero debió ser operado de urgencia de la carótida. En septiembre fue internado nuevamente para intervenir una arteria coronaria obstruida. Sólo dos días de reposo y nuevamente estaba en sus afanes.  Todos políticos.  Cubriendo las obligaciones en cuatro frentes a la vez.  Era Secretario General de la Unión de Naciones Suramericana (UNASUR), jefe del gobernante Partido Justicialista, diputado nacional y candidato presidencial. Cuatro responsabilidades que le demandaban gran esfuerzo.  Y el corazón de Kirchner lo resentía.

Hijo de madre chilena y de padre argentino, Néstor Kirchner quiso ser profesor.  Pero la los 15 años fue rechazado por problema de dicción. Con seguridad, su pronunciado estrabismo también influyó.  El rechazo lo encauzó hacia el estudio del Derecho y al mundo empresarial. Pero la arista política ya había aparecido.  Como estudiante de educación media ocupó cargos de elección popular.  El compromiso pertinaz con sus convicciones y empuje le valieron el apodo de “Lupín”. Era el nombre de un personaje arrojado, intrépido, que aparecía en la revista de historietas “Rico Tipo”.

Cuando “Lupín” llegó a la política grande, sus contendores y partidarios conocieron de sus decisiones. Su gobierno marcó la recuperación económica de Argentina. La llevó a cabo desde una posición en que la Concertación gobernante chilena le parecía temerosa y conservadora. Él intentó avanzar por un camino que a menudo chocó con los intereses económicos locales -ya globales- y con los organismos financieros internacionales. Para sacarse el dogal del Fondo Monetario Internacional (FMI), en enero de 2006 le pagó anticipadamente una deuda por US$ 9.574 millones.  Y sus diferencias respecto al manejo de la administración estatal, tanto con el FMI como con el Banco Mundial, fueron públicas.

Esta actitud tenía su correlato en el plano local. Muy pronto comenzó  a chocar con los poderes fácticos. Una demostración del malestar de los grupos económicos, fue que la prensa conservadora transandina lo calificó reiteradamente de autócrata, mientras intentaba mostrar presuntos manejos económicos turbios. En el ámbito internacional, The Economist le endilgó el calificativo de “populista”. Una demostración clara de que el gran poder no gustaba de Kirchner.

En Chile, la abrumadora mayoría de los medios de comunicación a menudo lo presentaban en versión caricaturesca. Tal como lo hace habitualmente con personajes -los presidentes Evo Morales o Hugo Chávez- que no son del agrado del poder establecido.  En la espesa realidad latinoamericana, Kirchner intentaba abrirse camino con una postura regional. Y contaba con respaldo.  Tanto que fue ungido Secretario General de la UNASUR. Pero, evidentemente, no era un tipo grato al paladar un tanto melifluo de muchos dirigentes latinoamericanos.

También enfrentaba fuertes detractores en su país. En el justicialismo tenía contendores.  Proveniente de Rió Gallegos, carecía de respaldo propio.  Su liderazgo provincial, su formación y entorno intelectual, no le aseguraban preeminencia en el partido peronista.  Por ello, debió aliarse con sectores sindicales.  Tal vez los más cuestionados, por sus manejos poco transparentes y, a menudo, mafiosos. Pero hasta ahora había sabido contenerlos. Y contar con ellos para impulsar políticas que él definía como de compromiso con los más humildes, entre los que estaba buena parte de su respaldo electoral.

La derecha, por su parte, esperaba derrotarlo a él o a su delfín en la próxima elección.  Y repetir así, en cierta medida, lo ocurrido en Chile.  Pero, al parecer, Kirchner estaba preparado para la eventualidad.  En una visita efectuada al país en julio, confidenció a cercanos que sería partidario de que su esposa, Cristina Fernández, fuera a la reelección.

Hoy todo eso queda en suspenso.

Lo concreto es que el paso de  Néstor Kirchner por la política argentina no ha sido leve. Hoy sus partidarios lo lloran con una pasión que hace recordar a Juan Domingo Perón. Y sus detractores sacan a relucir las mejores frases hechas para despedir al fallecido y ocultar el profundo malestar que les producía su presencia.

Sin duda queda un vacío de poder que dentro del justicialismo tratará de ser llenado.  Y afuera, la derecha intentará cosechar en los espacios que puedan estar abiertos y que hasta hoy copaba el “kirchnerismo”.  Mientras tanto, buscará quitarle protagonismo a la presidenta Fernández. Hasta ahora, la mejor arma ha sido mostrarla como un apéndice de su esposo.  Una caricatura que hoy debería transformarla en una viuda desolada y carente de brújula política.

Eso está por verse.

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