Democracia de emociones

Por Wilson Tapia Villalobos

Falta una semana para que comience una fiesta democrática que terminará con un nuevo presidente en 2014. Fiesta por el contenido que tienen las efemérides, los homenajes, el fortalecimiento de estructuras que marcan la tradición y traen consigo acciones concretas en beneficio del interés general.  Pero en el caso nuestro, más bien parece un carnaval.  Una de aquellas celebraciones que se inspiraron en tradiciones griegas y romanas.  En las bacanales, en honor al dios Baco, o en las saturnales, en reconocimiento a Saturno: puro desenfreno, manifestaciones orgiásticas. Tan parecidas a lo que hoy hacen los medios, con su virtualidad que carece de contenido. Y los dirigentes políticos, con su declaraciones adecuadas a lo mediático.

Si en estos días uno recorre nuestras calles, las verá plagadas de carteles; banderas ondeando lo estimularán a votar por el desconocido fulano o la ignota zutana.  Todos aspirando a ocupar un lugar de concejal o a distinguirse como alcalde de alguna comuna. ¿Qué harán si llegan a ser elegidos? Misterio. Las imágenes que vemos en los carteles parecen ser bacantes o sátiros.  Protagonistas, cierto, pero que se consumen en su virtualidad.  Cuando, a diferencia de los carnavales, estas elecciones son para crear cuerpos colegiados que dirigirán una parte muy importante de la sociedad.  De ellos dependerá nada menos que el entramado comunal.  Lo más cercano a cada ciudadano.

Por lo tanto, un ejercicio que debiera ser mucho más que un carnaval. Pero nuestra democracia no da para eso.  Por falta de ideas, por miopía, por la vesania de alcanzar el poder por el poder o para defender intereses personales, la política chilena ha perdido su Norte.  Entre nosotros ¿qué propone la izquierda? ¿Qué propone el centro? La derecha sabemos que no se moverá un ápice, mientras no se la obligue, del búnker en que atesora su poder económico. Sí, éste no es un problema sólo chileno. Pero aquí la discusión ni siquiera está planteada.  Y por ello, con razón, la ciudadanía desprecia a los políticos.  Nada menos que a los políticos, a quienes debieran ser nuestros conductores para llevar a puerto seguro al país. Sobre todo ahora que el mar embravecido no parece ser una circunstancia temporal ni geográfica.  Más bien es permanente y global.

En la Concertación hay quienes quieren abrirse hacia la izquierda ¿Hacia qué izquierda?  ¿Qué es la izquierda? ¿Aquella que plantea un estatismo a ultranza? ¿Eso es lo que significa acercarse a los comunistas?  ¿Cuál es la alternativa que plantean al neoliberalismo? ¿La solución de la izquierda es la economía centralmente planificada?  Porque ese sistema fracasó estrepitosamente. Sin mencionar que algunos de los regímenes de esa orientación que aún subsisten se han transformado en verdaderas dinastías.

¿Qué plantean los partidos socialdemócratas, como el socialista, el PPD o los radicales? Los dos últimos se definieron por un bloque con los comunistas.  Los socialistas se acercan a la Democracia Cristiana. ¿Qué significa eso? ¿Los socialistas se transformaron en centristas, mientras los radicales se fueron definitivamente a la izquierda? Es un misterio, cuya revelación más bien apunta a solidificar posiciones partidarias en la ciudadanía, que a buscar definiciones ideológicas. O sea, vestirse con ropajes en desuso para flotar en el mar embravecido. No, no hay definiciones ideológicas que signifiquen nuevas propuestas. ¿Y qué significa que la DC se quede en el centro?  ¿Qué es el centro? Hasta ahora inclinarse ante el poder económico y aceptar sin chistar el neoliberalismo.

En la derecha, Renovación Nacional y la UDI tratan de convivir como lo harían conservadores y liberales. ¿Y por qué ese esfuerzo?  Porque el modelo los une. ¿Se imaginan, por ejemplo, que alguno de estos dos partidos abjure del mercado o limite seriamente -y en serio- la voracidad empresarial?

La sociedad chilena necesita cambios estructurales.  Cambios que debieran abordar cuestiones decisivas como la gestión y el área en que debe intervenir el Estado.  Y de allí partir hacia una nueva Educación.  Tomar decisiones esenciales en el área energética. Definir hasta donde puede llegar el negocio de la Salud. Revisar las instituciones fundamentales de una sociedad democrática.  Pero revisarlas con un criterio social, no con la mirada obsecuente con el poder que hoy impera.

Para hacer todo eso, hay que comenzar por asumir que los cambios estructurales requieren, obviamente, derribar estructuras.  Y en una sociedad ello implica cambios profundos que comienzan en la manera de pensar.  El punto de partida tendría que ser lograr grandes acuerdos nacionales. ¿Podemos pedirle eso a quienes debieran ser nuestros referentes políticos?

Las preguntas hoy son muchas más que las respuestas.  Pero hay algunas cosas claras. Los cambios no aparecerán mañana, en medio del carnaval que comienza la próxima semana. Habrá que esperar. Y, seguramente, salir de esta eterna transición entre una dictadura y una democracia castrada por buscar lo posible y no lo que es justo y se necesita, no será fácil ni exento de tensiones graves.

Pero hay que comenzar.  Y ojalá el carnaval sirviera, además de diversión, como punto de inflexión para escuchar nuevas propuestas…..Aunque los carnavales no son para eso. Pero tampoco las democracias son puras emociones.

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