CUANDO EL CORAZÓN SE ENDURECE

Por Wilson Tapia Villalobos

Los especialistas sostienen que la sociedad posmoderna ha impuesto el individualismo.  Y éste trajo, como agregado, la insensibilidad necesaria para tener éxito a cualquier costo. Lo que se constata fácilmente en lo espurio de los lazos del entramado social y en la realidad virtual en que vivimos. El dolor, la emoción, el compromiso, tienen la duración de una noticia. Casi el aleteo de una mariposa. Todos somos manipulados por los medios y, con distinto grado de sumisión, lo aceptamos.

Tal vez si para los chilenos el golpe definitivo ha sido enfrentarse sin tapujos a la virtualidad de la política. No me refiero al juego político tradicional que impone la lucha por el poder. Me refiero al abandono de las utopías. Esa entelequia que hacía tener sueños humanos que se identificaban con grandes segmentos sociales. Hoy, la realidad es bien diferente.  Un gobierno de derecha impone sus líneas matrices con la anuencia de una oposición de centroizquierda.  Que le entrega su apoyo con reclamos, es cierto, pero uno ya sabe que no son más que remilgos.

La oposición, aglutinada en la Concertación de Partidos por la Democracia, y el oficialismo, concentrado en la Coalición por el Cambio, parecen más marbetes de productos marqueteables que envoltorios de aportes ideológicos. ¿Será que con el fin de las utopías se acabaron las posibilidades de resolver las grandes injusticias en el mundo?

Cuando uno enrostra esta realidad tan neoliberal al oficialismo, la respuesta invariable es que sin la iniciativa privada, que crea riqueza, no hay crecimiento.  Y, sin crecimiento, no habrá jamás desarrollo. Sin embargo se constata que luego de más de 30 años ser un sofisticado laboratorio neoliberal, Chile está entre las diez naciones que peor reparten la riqueza en el mundo.  Y con logros como esos, en Chile sobran por lo menos 6 millones de personas. Si uno insiste en que antes eso no era así. La respuesta es tajante, casi insultante.  En aquellos tiempos, lo que se repartía era pobreza, retrucan. Pero nos sentíamos más hermanados, tal vez. Eso no representa un argumento que los políticos de hoy acepten.

Cuando se intenta hacer comprender esta contradicción a la oposición, la respuesta es grandilocuente.  Se puede escuchar que jamás el país había estado tan bien como después de los 20 años de gobiernos concertacionistas.

Y así, hilando fino, se llega a la conclusión  que hoy  el esquema que afirma a la democracia chilena es un conjunto de entidades que defienden intereses de grupos económicos o de individuos. Sólo así se entiende que sale un conglomerado y el otro que llega al gobierno sigue haciendo lo mismo que el anterior. Las masivas privatizaciones de las empresas públicas las inició la Concertación. Sean estas sanitarias u otras de servicios igualmente esenciales. Hoy, tal obra la termina la derecha.  La enajenación del cobre comenzó con el primer gobierno de la Concertación. El Estado que en ese entonces era propietario del 100% del mineral, hoy bordea sólo el 30%.  El resto se encuentra en manos privadas.

Y hay casos dramáticos como el de las cárceles. En la actualidad, los presidios tienen una sobrepoblación, sólo en la Región Metropolitana, cercano al 90% de su capacidad. A lo que hay que agregar que Chile es el segundo país del continente con más reos en proporción a su población total.  El primero es Estados Unidos.

En la madrugada del 8 de diciembre 81 presos murieron víctimas de un incendio en la cárcel de San Miguel, una comuna del Gran Santiago. Los bomberos llegaron dos horas después que el fuego se declarara.  Y fueron alertados por uno de los reos.  Los gendarmes cumplieron con evitar que se fugaran, pero su compromiso no llegaba hasta mantenerlos con vida.

El tema ya ha desaparecido de los medios. La notita perdió interés y las soluciones políticas seguramente quedarán empantanadas.  Mientras, las presiones continúan para que “los presos se pudran en la cárcel”. Es lo que el obispo católico “padrino de los presos”, Monseñor Alfonso Baeza cree que la mayor parte de la sociedad chilena quiere.  Y allí literalmente se pudren. Baeza sostiene que las cárceles chilenas son “tarros de basura, donde las personas son tratadas como basura humana”.

Y todo esto ocurre en un país en que los grandes polos de la política están de acuerdo en lo esencial. Es lo que, dicen, le da sustento a la democracia chilena. Pero habría que agregar que, en realidad, es lo que asegura grandes negocios para los que están en las entidades que sostienen el poder.  Sean del gobierno o de la oposición. Es el resultado de la llamada política de los acuerdos.

Esta idea ha sido presentada ante la ciudadanía como el corazón de la democracia chilena.  Es un corazón duro con los problemas de los humildes.  Y muy generoso con los que manejan los hilos del esquema, sean empresarios, políticos de centro, de izquierda, de derecha, de centro o dirigentes sindicales.  De todo hay en esta selecta elite que reniega de principios, se olvida de valores y hace transacciones vergonzantes cuando se trata de lograr el éxito.

En eso estamos.

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