Cotidianamente doloroso: La monarquía de las influencias

Por B.G.L.

Como un grito de denuncia, un testimonio, una conciencia que intenta ejercer sus principios. Esa voz comparto hoy con ustedes, intentando dar una respuesta al sentimiento que como “madre y presidenta” ha enunciado Michelle Bachelet para referirse a los momentos “difíciles y dolorosos” que comenzó a vivir en el retiro y belleza de Caburgua.

Lo realmente doloroso, Presidenta, es terminar de convencerse que este país lo hacen los ricos, lo han hecho y lo seguirán haciendo, porque la práctica indica una complicidad tácita entre ustedes. Una familia con parientes directos e indirectos, sanguíneos y de negocios, que se disgusta para la tele, pero que se arregla para mantener el legado de un país forjado desde la naturalización de las injusticias y desigualdades. Las palabras de su hijo, en esa nerviosa lectura que puso fin a su cargo dentro del gobierno, son un testimonio para la posteridad del modo en cómo se acepta, justifica y comunica la monarquía que representa el tráfico de influencias. Apelar al hecho de no estar violando ninguna ley es tan ridículo y básico como creer que la justicia se administra, piensa y legisla para beneficiar el bien común. Ejemplos en este país tenemos: van desde nuestra actual constitución hasta la libertad de Martín Larraín. Hechos distintos pero con una raíz similar.

Lo realmente doloroso es sentir satisfacción por haber dejado de votar, por haber renunciado a esa idea idílica, en la anatomía de este Chile, que con el voto estamos realizando procesos transformadores. ¿Para qué seguir ejerciendo “ese derecho”? Para ser cómplices del mercadito que han elaborado nuestros próceres de la Nueva Mayoría o de la Alianza (señores y señoras, estamos a la espera de cómo se rebautizarán, cómo cambiarán de nombre en el registro civil de la ignominia).

Doloroso es sentirla cómplice de todo y de todos los que confabulan (los socialistas irreales de Evo y casi todos los demás). Ustedes justifican las palabras que hace mucho enunciara un lúcido José Saramago: “No veo, sinceramente no veo ningún motivo para ser optimista no sólo con respecto a la historia de nuestra especie, sino con respecto al espectáculo de un mundo que tiene capacidad, porque dispone de los medios, para resolver no pocos problemas, desde el hambre hasta la educación, o la falta de ésta, pero que nos los resuelve. ¿Y por qué no lo hace? Porque lo que importa es el lucro”.

Sentir dolor es ser testigo, todavía hoy, de cómo familiares de detenidos desaparecidos aún claman por verdad y justicia, mientras que otros, de la misma generación o de otras más jóvenes, olvidan, por lo menos en la práctica, la memoria de sus abuelos asesinados, desaparecidos o torturados. ¿Qué hacemos para recordar? ¿Entrar al mundo privado justificando legítimos intereses, ejercidos en un “legítimo sistema de ordenamiento jurídico? Eufemismo que han sido enseñados por décadas en las universidades de esta nación.

Difícil y doloroso, presidenta, es saber que tu madre debe esperar semanas para una hora al traumatólogo y así poder ejercer los derechos del Auge. Difícil y doloroso es vivir con el sueldo mínimo. Difícil y doloroso es tener un padre alcohólico o una madre alcohólica o depresiva. Difícil y doloroso es ser agricultor y saber que los derechos de agua son en la práctica de los privados y poderosos, muchos de los cuales estuvieron décadas en el congreso nacional defendiendo “los derechos de todos”. Doloroso es ser mapuche, negro y perseguido, ajusticiado. Difícil es levantarse todos los días para luchar contra molinos de viento, defendidos  por verdaderos “políticos/tenientes”.

Doloroso, Presidenta, es saber cómo el poder nos cambia el significado de las palabras (y su práctica muchísimo más). Hablamos de lo que no sabemos, calificamos erróneamente la traición de un hijo que seguirá viviendo con todas las comodidades que felizmente posee.

Por eso Presidenta, no diga “dolor”, diga “rubor”. Que hoy, entre Penta y Caval, es lo que a ustedes les va quedando. Por nosotros no se preocupe. “Uno tiene que vivir y encontrar en lo más hondo de ese pesimismo una fuerza que nos mantenga vivos y en pie”, explicaría el mismo Saramago. El populacho sabe de eso. Es su lugar natural (a propósito de naturalizaciones).

Fuente: La Radioneta

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