Conversando en el “Apumanque”

Dilemas

Texto de Simón Sobarzo, hijo de Patricio Sobarzo, profesor, dirigente del CODEPU y militante del MIR, asesinado por la CNI un 2 de julio de 1984

No recuerdo el día exacto, pero sí que fue en febrero de 2012. El sol arreciaba sin clemencia en Santiago, pero las cosas son distintas. El sonido animal de las bocinas, el sardinerío del Transantiago y el Metro, ya no invaden el paisaje, cediendo terreno a la relativa calma de una ciudad que tiene cordillera y gente que no corre (o que corre menos). Voy arriba de un vagón en la línea 1 del metro, de pie, y mi cabeza está próxima a la ventana. Es que no tolero el calor, y en cada estación de origen o destino la inclino para humedecer el rostro con el agua microfiltrada de los ventiladores.

Me acerco a las puertas, porque estoy cerca de la estación Manquehue. Voy a unas cuadras de allí, a visitar al tío Pepe Villegas. Hace meses que no nos vemos, y hay que ponerse al día…Me bajo, camino por las escaleras que dan al Apumanque y atravieso su frontis, deteniendo la mirada en la gente que camina en múltiples direcciones, algunos con bolsas a cuestas. No sé como, pero de pronto lo vi…Caminaba a paso regular y a pocos metros de mí, con su figura delgada y su rostro color mate, seco pero algo tímido. No cabía la menor duda que era él… Había escarbado en su facebook, que estaba semi-abierto y conocía perfectamente su rostro de frente y de perfil…Cuando pensé que esto no se repetiría dos veces, no dudé un segundo en seguirlo, tocarle la espalda con un dedo y abordarlo: “Tú no tienes nada que ver con esto, pero déjame decirte que por culpa de tu padre, muchos niños quedamos sin el nuestro…”. Sin mostrar señas palpables de perplejidad, me dijo: “lo tengo muy claro, y un grupo de gente cercana a nosotros está organizando una misa por el reencuentro nacional. Incluso hay un familiar de un Detenido Desaparecido de Pisagua que perdonó a los militares, y es amiga de un Coronel de Ejército de la época. Ellas se reconciliaron…”. Le respondí: “entenderás que para mí y para la abrumadora mayoría de nosotros es casi imposible hacer lo mismo”. Yo no quería dejar inconclusa la conversación, y lo invité a que nos sentáramos en un banco. Desde mi perspectiva, el chico no merecía aleccionamiento alguno. No tenía más de 25 años y la parsimonia inicial de su rostro se transformaba en un paulatino pero bien disimulado pavor y desconfianza. Lo delataba su ojo izquierdo…Entonces comencé a verbalizar todo lo que sentía en ese momento, sabiendo, reitero, que era difícil replicar esa oportunidad y debía tirar, como se dice, “toda la carne a la parrilla”, pero sin herirlo o humillarlo.

Le hablé de mí, de la infancia solitaria y precaria junto a mi madre, de teléfonos intervenidos y múltiples cambios de domicilio. Le dije que el comando de la CNI que asesinó a mi padre y a tres compañeros más una fría y lluviosa noche de julio de 1984 seguía órdenes directas de su progenitor. Le conté que él hablaba en una caseta telefónica, y que al frente lo esperaba un vehículo Datsun rojo, cuando repentinamente apareció una lluvia de agentes desde distintos puntos, que lo subieron a un vehículo blanco, lo llevaron a orillas del Zanjón de La Aguada, y que frente a unos potreros lo acribillaron a metrallazos volándole los sesos.

Mientras le hablaba, el miraba hacia el suelo con una extraña mezcla de repulsión y tranquilidad, aunque ambos mantuvimos la calma y el respeto. Pero yo proseguía y le hablaba a mil por hora…Le dije que sólo queríamos justicia, que yo a él podía respetarlo, pero que su padre era un carnicero, un criminal y un cobarde. Le dije, sin embargo, que jamás se me ocurriría atentar contra su vida o la de su familia, porque nosotros no éramos iguales a los cuervos de la dictadura. Le pedí que tratara de ponerse en mi lugar, que el “odio”, el “rencor” y el “aprovechamiento” que su sector social y político nos motejaba no era tal, que pese a todo, yo esperaba que mis hijos vivieran sin mis mochilas, que pese a las historias y contextos radicalmente distintos yo era un ser humano parecido a él. Que soñaba con un futuro mejor, amaba a mis hijos, y me descrestaba trabajando. Que nosotros, los hijos de las víctimas de la dictadura que exigen verdad y justicia hasta hoy no somos los monstruos que de seguro a él le pintaron desde la infancia…Entonces su rostro cambió y las palabras comenzaron a salir de su boca con mayor rapidez, queriendo contar algo de su historia. Me habló de su infancia, de haberse criado sin el afecto paterno, quería que yo entendiera su parte y me pusiera en su lugar, porque para él tener a su viejo en prisión era equivalente a tenerlo muerto…Que si bien el entendía todo lo que nos había pasado, había “aprendido” que “existían caídos de lado y lado”, y que en una conversación con su padre, este le había planteado la siguiente disyuntiva: “Si un terrorista va a volar un edificio con un grupo de cómplices, y si solo logran capturarlo a él, ¿qué debe hacerse?; ¿cómo se obtiene información?…Tenís que puro torturarlo, hay que hacerlo!!…”. Mi rostro se descompuso por primera vez, y sus justificaciones no tardaron en llegar: ” Mi padre recibía órdenes”; “Mi papá no hacía nada solo”…Todo era increíblemente kafkiano. Sabía perfectamente acerca de los crímenes cometidos por su padre, y sin embargo su padre persistía en mentir sin asco, en evadir y entorpecer por todos los medios las mediocres sanciones que le había impuesto la justicia, en enfermarse cada vez que se dictaba una sentencia condenatoria, sin una gota de arrepentimiento, y culpando siempre a otros…”¿Valió la pena todo eso, Álvaro?”; “¿Para quién fue todo ese trabajo?”, le dije. “Es verdad”, me respondió, “Fue para Pinochet”. “No exactamente, Álvaro, fue única y exclusivamente para que la clase dominante de este país, los ricos y poderosos que manejan nuestras vidas, pudiesen construir el país inhumano, injusto y excluyente que tenemos hoy día. Tu padre fue un goma de los ricos”, rematé. “Chile no es el Apumanque, no es el Alto Las Condes, no es esta comuna, donde seguramente tú vives, Álvaro”. “Mira lo que hay afuera, mira lo que está pasando, mira a los estudiantes que luchan en la calle, que están endeudados hasta el cuello o son escolares de un Liceo pobre, de esos que tú no debes conocer, ellos son la abrumadora mayoría de este país y tú no los conoces…”.

No paraba de hablarle, y a esas alturas mi interlocutor estaba visiblemente incómodo, pero no decía palabra al respecto. Yo opté por detener la conversación, porque llegué la conclusión que estaba frente a un “pobre cabro”, perdiendo el tiempo y sometiéndolo a un tormento innecesario. No quería hablarle en tanto “víctima”, porque siempre he rechazado la victimización y el martirologio, pero tampoco quería adoptar el papel inverso. Entonces, como de golpe, volvió a su tranquilidad inicial y me preguntó si yo quería enviarle un “recado” a su padre…Claro!, le dije. “Que pida perdón por todos sus crímenes”. Dejamos la conversación hasta ahí, y solo atiné a estrecharle mi mano. La suya estaba helada y con movilidad nerviosa.

No lo vi nunca más y seguí caminando en dirección a la casa del tío Pepe, que nunca supo nada acerca del psicodélico encuentro que tuve con este sujeto. Pocos meses después el “Jefe de Operaciones” aludido lanzó una patética canción que circuló por la redes sociales, donde se refería al “reencuentro de los chilenos” y a que había que “ceder” y “saber perdonar” (nosotros a ellos, por cierto)…

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(Hoy se cumplen 29 años de ese crimen. Patricio Sobarzo, mi papá, tenía 31 años. Era profesor, poeta y uno de los fundadores de la AGECH. A la fecha de sus asesinato era presidente de la Agrupación de Profesionales Democráticos y directivo del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU). Desde su adolescencia penquista militaba en el MIR, y por esos años impulsaba una lucha contra la dictadura que tuviera como centralidad la lucha política de masas desde una perspectiva unitaria y abierta, y la creación y fortalecimiento de la organización popular de base, en momentos que su partido promovía una táctica militarista que poco tiempo después hizo crisis, y donde la lucha contra la tiranía que se forjó con la sangre de muchas y muchos terminó en una salida pactada que desembocó en más de 20 años de democracia antipopular y de baja intensidad, hoy fuertemente cuestionada.)

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