Chiloé: De la desarticulación social, a la reducción cultural

guillermogrez-detalle5Aquí, el verano siempre es muy bello: se iluminan los suelos y el mar se torna azul, a veces. Los campos se llenan de manzanas y los colores se toman las calles. La lluvia y el viento es amable y el aire se inunda de olores que viajan desde las ollas mágicas de las cocineras…y vienen los turistas, que refrescan el paisaje humano, pero que no alcanzan a advertir lo que en realidad van a testimoniar: se llevan la muerte de una humanidad en el bolsillo perro de los recuerdos y a veces….sólo a veces, algún pedacito de esa vida que se extingue ante la ceguera de los que no quieren ver y bajo el acto verdugo del depredador que hace su agosto en año corrido.

Es frecuente escuchar opiniones que hablan sobre los beneficios de la modernidad en Chiloé. Por modernidad, en el contexto local, se hace referencia al acontecer histórico que escinde el tiempo en un antes y un después de un proceso que podemos denominar neocolonial, de claro sesgo neoliberal, que inicia su intervención en los 80, hace más de tres décadas, y que implica la confluencia de fuerzas estatales y privadas, en el marco de un régimen político de control dictatorial fascista.

El ojo ajeno a la dinámica compleja de lo real, que acomoda el mundo a sus propios paisajes, con intencionalidad o no, mira los hechos como la secuencia de un celuloide estático, en donde cada cuadro es una realidad en sí, que no contiene sentido vinculante con el resto de las imágenes de ese mismo celuloide; un hecho aislado que se justifica a si mismo y en si mismo.

Resultaría absurdo pensar que pasado casi cuarenta años, Chiloé no haya manifestado cambios objetivos, materiales y no materiales, muchos de ellos bienes en sí: ‘es que mire usted, hace cuarenta años no teníamos tantos caminos pavimentados’. ‘Fíjese que antes, ir a la escuela era difícil, los niños debían caminar kilometros para llegar a la escuela, bajo la lluvia incesante de cada día’. O como se atrevió a declarar el señor Barros (agente de las fuerzas de desembarco salmoneras) quien ha sostenido con grosero extremismo, que ‘antes de la industria del salmón, Chiloé estaba en la edad de la piedra’. El punto es que el modelo impuesto desde la década del 80, no tiene otra dinámica de referencia comparativa que no sea su totalitarismo y su bloqueo sistemático y letal en contra de los fundamentos sociales, económicos y culturales de los procesos tradicionales endémicos.

Cada vez que se ponen en marcha los modelos mono-productivos, construyen su propia profecía y arman un campo de espejismos que engañan al inexperto, al incauto, al cándido observador, cautivado con el brillo de la ilusión y validan una neomitología de nuevos ídolos, que subvierten la realidad para justificar sus actos, sus hechos y sus desechos.

El eje productivo de Chiloé ha sido resumido a la acción industrial en torno a sólo una actividad, que resulta ser aquella que ‘justifica’ la incorporación de grandes capitales, con el claro y ordinario propósito de generar el máximo de concentración de riqueza, producto de dicho ejercicio productivo y comercial. Con miras a este objetivo, evidentemente concretado, se desarticuló todo tejido disfuncional a dicho resultado: se obstruyó el desarrollo de la base productiva tradicional, se cambió buena parte de la propiedad sobre la tierra, pasándola a manos de nuevos habitantes, avecindados en el territorio: inmigrantes vinculados directa o indirectamente a este nuevo formato productivo y portadores de constructos ideológicos sin vínculos identitarios locales. Se destruyeron los lazos sociales de un modo de organización del mundo productivo y tanto el imaginario histórico, como el acto concreto de lo cotidiano, construido desde laancestralidad, se internan en arenas movedizas ante la fuerza de esta profecía tramposa de cartas marcadas.

La verificación del cambio objetivo ligado a un conjunto de hechos que pueden ser considerados avances debidos, no funda la base para declarar la justa certeza de los procesos, porque el modelo impuesto corre solo y porque no se puede desvincular de los costos concretos para la sociedad que es objeto de la intervención que someramente detallo, pues no se trata de una intervención sobre un conjunto vacío, sino encimade una comunidad que construyó una historia, cultiva la vida y proyecta pasiones.

En Chiloé, los veranos son especiales, porque su dinámica actual pone sobre relieve ciertos hechos que ilustran el carácter general de los acontecimientos en materia social, cultural y por supuesto, económica: nos enfrenta al viejo conflicto sobre lo que llamamos desarrollo.

Claramente se confrontan a lo menos un par de visiones contrapuestas a este respecto: una que se muestra exitista, que habla de misiones cumplidas, de avances en logros de objetivos, de conquistas…que se cristaliza en los conservadores de bienes raíces, en papeles notariales y propiedades hipotecables. Que se materializa en concesiones de mar y de tierras, que avanzan hacia el aumento de capitales, que crecen, se expanden y desarrollan. Otra: que consciente o no, no alcanza necesariamente -siempre- niveles declarativos, pero que se contrae, se diluye, se desvanece, se empequeñese

La primera, se expresa en índices de rentabilidad y producción. Se codea con grandes intereses económicos y políticos; se hace objeto de grandes apoyos financieros privados y de subsidios estatales más que generosos. La otra, espera penosamente el incierto verano (tambien en una pena que a veces ni siquiera advierte) para poner en marcha sus códigos, sus símbolos,sus vestigios y las ruinas culturales de su mundo cosificado en cachivache mercantil, que se escinde de su vínculo vital y se instala en la vitrina del mundo; que espera el interés comprador para juntar las lucas para el largo y lloroso invierno que encierra en la cocina los recuerdos de la minga verdadera, del medan y los cantores, cuando eran los cantores y no los ‘folcloristas’ que pintan cuadros escénicos para la posteridad de los viajeros.

Existe una buena diferencia entre el desarrollo EN lo local y el desarrollo (arrollo) DE lo local. Pero para comprenderlo hay que leer la realidad desde la historia y más que eso: hay que querer esa historia. Cuando converge la lectura de los hechos con el cariño y la pertenencia, entonces comprendemos a quien le puede doler la expresión de un Chiloé en tabletas: la expresión de este Chiloé de las decenas de festivales costumbristas. Porque estos festivales, si bien (y parafraseando a Agustín Goytisolo en “Palabras para Julia”) ‘tomados así, de uno en uno, son como polvo, no son nada’, juntos, nos envuelven en su urdiembre que se teje con la pena de una sociedad sitiada, desmembrada, enajenada, abusada, marginada y progresivamente aniquilada.

Aquí, el verano siempre es muy bello: se iluminan los suelos y el mar se torna azul, a veces. Los campos se llenan de manzanas y los colores se toman las calles. La lluvia y el viento es amable y el aire se inunda de olores que viajan desde las ollas mágicas de las cocineras…y vienen los turistas, que refrescan el paisaje humano, pero que no alcanzan a advertir lo que en realidad van a testimoniar: se llevan la muerte de una humanidad en el bolsillo perro de los recuerdos y a veces….sólo a veces, algún pedacito de esa vida que se extingue ante la ceguera de los que no quieren ver y bajo el acto verdugo del depredador que hace su agosto en año corrido: [CHILOÉ: de la desarticulación social, a la reducción cultural].

Por: Marcos Uribe Andrade.

Fuente; Radio del Mar

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