Chávez otra vez

Por Wilson Tapia Villalobos

Hugo Chávez ganó ayer por tercera vez la Presidencia de la República de Venezuela. Obtuvo 7 millones 444 mil 82 votos emitidos (54,42%). Su oponente, Enrique Capriles, alcanzó 6 millones 151 mil 554 (44,97%). El nuevo período presidencial comienza en 2013 y debe concluir en 2019. Chávez completaría así 20 años de gobierno ininterrumpido, pese a reiterados intentos de desestabilización, que incluso llegaron a un intento de golpe de Estado en 2002. Hasta ahora, sus principales adversarios han sido los grupos económicos venezolanos y trasnacionales y los Estados Unidos.La elección realizada este domingo ha batido varios récords. Es una de las que mayor afluencia de votantes ha concitado en las últimas décadas.  Cerca del 81% de los ciudadanos habilitados como electores concurrieron a las urnas -en el país y en el exterior- a ejercer su derecho a voto, que es voluntario. El acto cívico se desarrolló con completa normalidad. Y tanto Chávez como Capriles alabaron el comportamiento de sus compatriotas. Pese a los augurios de la prensa de diversos países latinoamericanos, la elección en Venezuela fue absolutamente pacífica. Su desarrollo llevó a decir a Rigoberto Menchú, dirigente social guatemalteca y Premio Nóbel de la Paz 1992, que estaba maravillada de la tranquilidad y belleza del acto democrático que había presenciado en Venezuela,  “tan distinto a la imagen que nos daban los medios de nuestros países”.

Sin duda, Chávez no cuenta con buena prensa en América Latina.  Porque, en general, las naciones más poderosas de Occidente ven en él a un enemigo político. Su declarado -y vociferado- Socialismo del siglo XXI ha sido execrado. Se le considera una amenaza a la estabilidad de la región y “un mal ejemplo” que podría ser imitado en otras naciones. Incluso, se estima que émulos suyos ya han llegado a la presidencia en Bolivia, Ecuador y Nicaragua.

Evidentemente, Chávez es un fenómeno político.  Una anomalía provocada por los viejos partidos venezolanos. El reparto del poder entre Acción Democrática (Social Democracia)  y COPEI (Democracia Cristiana) terminó por desacreditar a la clase política tradicional por su inoperancia y corrupción. En 1998, Venezuela se debatía entre ingresos multimillonarios provenientes del petróleo que llegaban a unos pocos, y un 43,9% de la población viviendo en niveles de pobreza. Ese porcentaje ha bajado a 20,7%, según datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En 1998, el agua potable sólo cubría al 80% de los hogares venezolanos.  Hoy, tal cobertura supera el 97%.  El alcantarillado también ha experimentado un incremento considerable.  De alcanzar a sólo el 62% de hogares en 1998, las cifras de 2011 lo ubican en el 90%. Y tales cambios benefician claramente a los sectores más desposeídos. Tal vez en estos guarismos esté parte importante de la explicación del éxito de la anomalía política que es Hugo Chávez.

Pero es que la “normalidad” se encuentra gravemente cuestionada no sólo en Venezuela. Su descrédito es prácticamente global.  Lo extraño es la persistencia del apoyo de sus compatriotas a este ex coronel que alguna vez fue golpista y luego se impuso por la vía democrática de los votos.

La oposición venezolana demostró hoy que es fuerte.  Pero no lo suficiente como para ocultar que gran parte de los males que aún sufre el país fueron provocados por gobiernos de su orientación.  Y eso, los venezolanos parecen recordarlo muy bien.  La Mesa de Unidad Democrática (MUD) coalición que apoyaba a Carriles está integrada por AD, COPEI y otras pequeñas agrupaciones políticas. El punto central que los une es el deseo de recuperar el poder político y reinsertar en él la hegemonía del poder económico. Una situación que, a la vista de este resultado electoral, no tendría posibilidad de ocurrir al menos hasta el 2019.

Por otra parte, la elección venezolana parece confirmar los mensajes que pueden leerse en acontecimientos ocurridos en diversas naciones. Los ciudadanos están cansados de los políticos tradicionales. Buscan la aparición de nuevos caudillos. Y cuando estos asoman y hacen honor a su condición, no están dispuestos a darles vuelta la espalda.  No, al menos, para volver nuevamente a lo ya conocido y ampliamente desacreditado.

Se trata de una realidad que no es sólo válida para Venezuela.  Porque en los países en que aún no aparece un Chávez, cada vez son más los que lo buscan.

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