Caída entre tumbos

Por Wilson Tapia Villalobos

Las cumbres siempre me hacen evocar ráfagas de viento enfriando el sol que cae directo, la gélida respiración del cielo encapotado, una sensación de amplitud, de horizonte lejano e inalcanzable, un mirar desde arriba lo que ocurre incluso entre las aves que están allá abajo. Y nunca me abandona la idea del cansancio y de una caída dando tumbos entre rocas filosas. Imágenes que no sólo me traen las cimas de las montañas.  Cualquier cumbre, especialmente si es política.  Claro que en este último caso, con parafernalia, demasiada virtualidad y sin aire puro.

Y la Cumbre de las Américas, que se realizó en Cartagena de Indias, no fue diferente.  Tal vez con un tinte muy marcado de ese tufillo posmo que acompaña a la crisis permanente en que vive esta civilización globalizada. Porque la reunión de mandatarios terminó sin gloria y con poca pena. Las diferencias afloraron una vez más. Pareciera que la idea de América ya no es la que viene de los “americanos”.  Los de más al Sur quieren decir algo.  Y, generalmente, es un poco diferente a lo que piensa Washington o Toronto. Tanto, que esta vez no hubo declaración final. Y en ello influyeron dos cuestiones de fondo.  La ausencia de Cuba -impuesta por los Estados Unidos- y el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas determinaron el silencio con que terminó esta cumbre.

El que Cuba no sea considerada entre las naciones de las Américas obedece a que su sistema de gobierno no se ajusta a la democracia que concibe Washington.  Y, mientras los gobernantes cubanos no aprendan la lección, pues se quedan afuera, no existen.  Hasta al jefe de Estado anfitrión, el derechista colombiano Juan Manuel Santos, le parece inconcebible que esta negación política continúe.

En el caso de Las Malvinas, Argentina quería tener el apoyo de sus vecinos.  De la región en que se encuentra.  Pero los intereses estratégicos norteamericanos impidieron que eso se plasmara en una declaración.

Hasta allí, nada nuevo. Sobre todo si se considera que EE.UU. ha hecho más patente su presencia militar en la región.  La nueva base en Paraguay y ahora su instalación en Chile, en el sector ribereño de Con Con, revelan los cambios estratégicos de la política norteamericana.  El patio trasero pareciera requerir de una presencia rápida y directa para sofocar intentos desestabilizadores. Y no se trata de resabios de la Guerra Fría, pues ya está claro que no es el comunismo el que mueve los protestas ciudadanas. Más bien es posible que se relacione con el reconocimiento de la decadencia de la hegemonía norteamericana en el mundo y, por añadidura, en esta zona.

No se puede sostener que los latinoamericanos y caribeños hayan aprendido a caminar sin la tutela de la poderosa nación del Norte.  Pero se reafirman diferencias que tienen que ver con nuevos liderazgos.  Entre otros, de países emergentes de la propia zona, como Brasil. También existen claros disensos con Argentina en materias comerciales. Sin mencionar la distancia que lo separa de los integrantes del bloque multinacional ALBA. El resto, con mayor o menor énfasis, refleja lo que está ocurriendo en el mundo. EE. UU., si bien sigue siendo un socio importante, ya no es el de antes. La presencia de China se ha agigantado, sobre todo ahora que Europa entró en una crisis que no da señales de ceder.

De cualquier modo, el fracaso de la Cumbre de las Américas es reflejo de los nuevos tiempos.  De este aire gélido que sopla en las alturas y del cansancio que acompaña el transitar permanente por caminos ríspidos y plagados de asechanzas.

Que la reunión no fuera más que una instancia protocolar, es la consecuencia de varios factores.  Entre otros, de la decepción que ha significado para la zona el gobierno de Barack Obama. Hasta ahora nada de las esperanzas con que fue recibido su ascenso a la presidencia de los Estados Unidos ha cristalizado. Por el contrario, lo que se ha visto es una administración que no apoya decididamente el desarrollo de la región. Y el incremento de la presencia militar señala claramente que Washington prevé tensiones sociales, ante las cuales no está dispuesto a ceder. Menos a transigir en nuevas concepciones democráticas.  Tampoco en la aceptación de paradigmas distintos a los ya conocidos,

El caso de Chile permite marcar una perspectiva. La presencia de militares norteamericanos adiestrando a policías locales hace prever respuestas violentas ante las demandas sociales. Y eso significa que entre los postulados de la democracia para el sector -y por lo que se ha visto también a nivel global- el Derecho de Propiedad seguirá siendo la piedra angular sobre la que se deba asentar.

Esto, por cierto, trae aparejada circunstancias que ya conocemos. Una de ellas, que la concentración económica crece exponencialmente. Otra, que los ciudadanos dejan de serlo para dar paso a consumidores.  Y cuando estos consumidores se sienten insatisfechos por el trato que reciben, son acallados con represión. Para que esa respuesta sea más eficiente es que están los militares norteamericanos en Chile.

Es necesario señalar que nada de esto podría ocurrir sin el apoyo local. Cuestión en que la clase política del continente tiene total responsabilidad.

Son todas conclusiones que arroja el final gris de esta cumbre. Un final que sólo hace presumir tiempos tensos, difíciles, con caídas entre tumbos.  Como son las agonías de los imperios.

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