Berrinches y profundidades

Por Wilson Tapia Villalobos

Las interpretaciones políticas del Calendario maya pueden ser más catastróficas que las que imagina el ciudadano común. Al final, el nerviosismo por una lluvia primaveral termina al dejar de caer el agua. Cuando los tacos retornan a su extensión normal, la gente vuelve a sonreír. En la política chilena, en cambio, las visiones apocalípticas se convierten en profecías auto cumplidas. En que el ego sobrepasa toda medida y el Armagedón lo determina un líder. Por ejemplo, Carlos Larraín, al renunciar a la Presidencia de la oficialista Renovación Nacional (RN).

Para algunos, la actitud de Larraín fue una jugada de alta estrategia. Una movida milimétrica en la acotada realidad del ajedrez que se practica sólo en la coalición de Gobierno. Creo que es una valoración exagerada. Prefiero pensar en el berrinche de un aprendiz de referente que cree que la política sea hace como los negocios……Bueno, algo de razón tiene, pero a diferencia de lo que ocurre con aquellos, en ésta las acciones no pueden ser tan burdas. Al menos no deben presentarse de tal manera. Y es por eso que después de que el presidente de RN tirara el mantel, ahora el Gobierno trata de recoger las copas. Las que quedaron sin trizaduras, que son pocas.

Falta por ver si los daños se limitan sólo a la vajilla partidaria. El manotazo de Larraín fue fuerte. Aseguró que el Gobierno le teme a su aliado, la Unión Demócrata Independiente (UDI), mientras a ellos los ignora. Una acusación grave: el presidente Piñera es militante de Renovación. Y a quien, como agregado nada despreciable, le irrita sobremanera que le hagan ver errores o lo contradigan. Pero aún es posible que el estropicio sea mayor. Está por verse como afectará el episodio al presidenciable de RN, Andrés Allamand.

Porque en medio de toda esa “catástrofe final” -Larraín se iba para su casa, sin más- Allamand intentó dar un respaldo fuerte a su presidente -al de su Partido, no al de la República- y criticó duramente al Gobierno. Habla mal de un aspirante a líder que muerda la mano que le dio de comer hasta hace unos días. Porque él dejó de ser ministro de Defensa recientemente. Y ya en su propia colectividad hay voces que condenan la deslealtad. La verdad es que Allamand no es un político con suerte. En el pasado reciente, Sergio Onofre Jarpa fue el dique que impidió su ascenso meteórico. Y lo lanzó a un ostracismo que duró varios años. Hoy puede suceder otro tanto.

Nadie debe admirarse de que estas cosas ocurran en política. Pero sí es llamativo que los análisis se queden en el chascarro de Larraín, en los tironeos a Allamand o en las respuestas de éste. Se olvidan que el problema surgió, una vez más, de una raíz ética. Olvidan que los desencuentros actuales se iniciaron cuando la cabeza del ministro de Justicia, Teodoro Ribera, rodó bajo el peso de millonarios conflictos de intereses. Y éste tuvo que dejar su puesto al verse involucrado en una maniobra delictual que hoy tiene a uno de sus amigos detenido y a la educación superior chilena, una vez más, en tela de juicio.

Que Ribera sea dueño de una Universidad Privada -la Universidad Autónoma- podría ser hasta un hecho anecdótico. Lo que lo transforma en grave es su comportamiento al frente de ese negocio. Independiente de que sea o no ministro de Estado. Claro, es mucho más grave cuando éste personaje se transforma en miembro de un equipo de gobierno.

Y aquí se entra en un terreno complejo. Cada vez que la derecha nombra a uno de los suyos como ministro o en algún cargo estatal destacado, se escucha una plañidera monserga. Se hace hincapié en lo que perderá -en dinero- por asumir la función pública. Como si servir al país no fuera un honor que bien merece ser mirado desde la perspectiva ética y no sólo del éxito económico. Es una mirada que puede servir de referencia.

La renuncia de Larraín ha dado tema. Aunque finalmente la retiró, deslizando la idea de que todo había sido una maniobra para terminar con el maltrato oficial a RN, sus consecuencias alcanzan más allá. Si se va a la profundidad de los temas valóricos involucrados, invariablemente se llega al cuestionamiento de la política chilena. Porque los continuos escándalos que se detectan en áreas tan disímiles como la banca, la policía, la educación, la salud, parecen obedecer a una forma de llevar adelante la institucionalidad. Y, derechamente, a la manera como se hace política en Chile. Por eso no es casual que el nuevo presidente de la Comisión Nacional de Acreditación de las universidades, Matko Koljatic, se pronuncie a favor del lucro en la educación, pese a que la ley que abrió ese campo a la gestión privada señala claramente que el lucro está vedado. Prohibición que hasta ahora no se ha cumplido. Y que fue una de las razones porque Koljatic llegó a ese puesto. Su antecesor, Luís Eugenio Díaz, debió renunciar al ser formalizado por soborno, cohecho, negociación incompatible, tráfico de influencias y lavado de activos.

Sería parcial mirar la realidad sólo con ojos actuales. Se llegaría a condenar a la administración Piñera solamente. La verdad es más profunda y grave. La institucionalidad vigente fue aprobada por la Concertación. Eso, a pesar de que hoy sus personeros traten de sacar ventaja de los escándalos.

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