Ante el balotaje: tomamos partido. Hay mucho en juego

Todo momento decisivo es también un momento de recapitulación. Vemos los procesos vividos en estos años, las políticas públicas implementadas, los múltiples conflictos y las muchas contradicciones como fruto de distintos factores y actores. Pero no dejamos de ver en el centro de todo este camino el protagonismo y las construcciones de una parte muy importante de nuestra sociedad en su esfuerzo de reconocerse como pueblo. Lo que vivimos es expresión y consecuencia de un camino colectivo para construir una democracia con inclusión, igualdad y justicia social.

Interpretamos estos doce años con esta perspectiva social amplia. Pero lo hacemos sin basismos simplistas ni explicaciones lineales, y por eso reconocemos también la importancia fundamental de líderes y dirigencias que se han jugado con lucidez en los momentos de definición. Representantes y conducciones que valientemente han contribuido a que demos pasos que en otros momentos parecían o inimaginables o totalmente utópicos. Hombres y mujeres concretos que, desde su limitación y sus convicciones, han sido políticos responsables ante su pueblo. Y también reconocemos las mediaciones institucionales, partidarias, estatales, ideológicas, con nombre propio, con historia real, con las que se realizan estas construcciones.

Con esta perspectiva acompañamos, desde nuestro lugar y con nuestras posibilidades, opciones que, por su propia naturaleza histórica y social, por su escala y su importancia, no son ni pueden ser puras ni perfectas. Pero que justamente por eso son reales, encarnadas, limitadas: por eso mismo y sólo así es que crearon y crean momentos y espacios de dignidad y emancipación, han sido y son concretamente liberadoras y ampliamente democráticas.

En estos días, traemos –y llamamos a traer– en todos los ámbitos en que sea posible, memorias de etapas históricas recientes en las que un neoliberalismo endulzado por el dólar o el consumo, pantallas de estabilidad o euforia financieras, promesas de armonía e integración, sirvió de coartada para vaciar el país, para rematar la riqueza colectiva acumulada por generaciones de argentinos, para destruir el estado y desprestigiar la política en nombre de supuestos consensos, armonías o, incluso, diálogos.

Los modales no son más importantes que los modelos. El mismo conjunto de propuestas que generó muertes y exclusiones de las que todavía nos estamos recuperando, aparece ahora disfrazado y con coloridos maquillajes, presentando como una fiesta cordial e inofensiva lo que en realidad es ­­–por detrás y en sus consecuencias– exclusión, desempleo, represiones. Y otra vez muertes: visibles e invisibles.

No le tenemos temor a las tensiones y a los conflictos. Sabemos que ponerle palabras a lo que la historia nos enseña y la reflexión nos señala puede dar miedo. Pero es lógico y hasta necesario temer colectivamente a lo que amenaza a todos y ­­–especialmente­­– a los más pobres. O también: advertir sobre aquello que amenazando especialmente a las mayorías, terminará afectando más temprano que tarde a todos. Por eso, con todos los argumentos y las mediaciones, pero con la fuerza y la claridad necesaria; invitamos a vivir, a marcar, a profundizar las tensiones, los conflictos, las brechas y aún las grietas, y todas las opciones dicotómicas que se abren. Profundizarlas en términos democráticos, con una pedagogía del conflicto y una apuesta a las realidades de la política y de la historia.

No hay que confundir las necesarias mediaciones y la construcción de espacios de diálogo con los consensos vacíos que se intentan vender como la panacea de la democracia. La democracia es debate y también confrontación. Sobre todo es eso. No es la falsa armonía que vende el mercado ni la paz ­­–presentada como buena onda­­– de los dueños del dinero y el poder. El amor entre hermanos, la fraternidad entre compatriotas, la ciudadanía en la reciprocidad, no se logra con la eliminación ni en la negación de los conflictos, ni en la evasión de las luchas, y mucho menos en las fantasías que dicen que se puede generar justicia social e igualdad con palabras vagas, cortésmente dialogando entre todos. La construcción de igualdad genera ruidos, confrontaciones, luchas, dificultades, costos. Como cualquier construcción. El tema no es ni sólo, ni sobre todo, si hay confrontaciones o no, sino quiénes son beneficiados y quiénes son perjudicados durante y al final de esos debates. Eso es lo central.

Queremos un estado fuerte y presente, justicia social sustancial y sociedad madura. Celebramos identidades políticas vigorosas, una sociedad civil no pasteurizada. Auguramos y procuramos la circulación de palabras, propuestas y promesas claras, concretas, con números, con nombres, con riesgos, con opciones, con costos. Son las únicas que pueden llamarse promesas o propuestas políticas democráticas realmente. Lo demás puede ser marketing o fantasías fascistas edulcoradas. O las dos cosas.
Invitamos a los muchos y muchas con los que trabajamos ­­–educadores, referentes religiosos, líderes de organizaciones sociales y comunitarias, dirigentes y comunicadores, entre tantos otros­­– a evitar que crezca una espiral de silencio construida en nombre del ruido de los poderosos, aunque este ruido hable de palabras amables y de conversaciones amigables. Los consensos artificiales, los llamados a diálogos inocuos, esconden la prepotencia de los poderosos, del capital concentrado. Expresan la soberbia de los satisfechos que, con impunidades nuevas y viejas, reclaman una paz que no están dispuestos a construir con justicia.

No es tiempo de ser prescindentes. Las opciones, en democracia, tienen conflicto, tienen costo, tienen nombre y apellido, tienen identidad histórica, tienen consecuencias, tienen costos y riesgos. No callemos. No permitamos que vuelva, renovado, maquillado, el mismo esquema político, económico, social y cultural que alguna vez con el nombre de “reorganización”, otras veces con el nombre de “modernización” y ahora con el nombre de supuestos “cambios”, pretende destruir, con más o menos disimulo, las limitadas pero consistentes transformaciones que nos permitieron, después de la catástrofe social del 2001, levantar la frente y caminar como una sociedad medianamente igualitaria y, con las limitaciones de toda construcción real, más justa socialmente.

Abramos todos los espacios de debate y todos los debates posibles: ser prudentes hoy es jugarse sin medir riesgos pequeños, sin temores mezquinos. Es mirar lejos, es optar con realismo, es pensar y actuar y explicitarse con claridad y coraje. Hay mucho en juego.

Centro Nueva Tierra

Noviembre de 2015

Fuente: Nueva Tierra

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