Analicemos desde el feminismo que Hillary Clinton pueda ser presidenta

Raquel-Rosario-SánchezPor Raquel Rosario Sánchez*

En mayo participé en una protesta contra el Candidato Presidencial Republicano Donald Trump en Eugene, Oregón. Un mitin a favor de Trump se estaba organizado y el candidato iba a dar un discurso a sus seguidores. Mis amigos, amigas y yo pensamos que era necesario tener un mensaje que contraste así que decidimos unirnos a la protesta que había sido organizada por activistas locales en Eugene. Yo fui con una libretita de bolsillo que detallaba mis derechos en protesta y con una pancarta que decía “Las mujeres/niñas y las personas de color se merecen algo mejor que la misoginia, el racismo y la xenofobia de Trump”.  Nos reunimos desafiantes, en medio de un clima político hostil que es en lo que se ha convertido esta campaña política estadounidense. Me sentí empoderada en el espíritu de la justicia social.

Pero hubo algo que ocurrió esa noche que no he podido olvidar: una amiga activista estaba explicando que las políticas de Trump eran horripilantes especialmente para las comunidades marginadas y que su retórica política ya había causado mucho daño cuando mi amiga aclaro rápidamente: “Pero bueno, que yo no lo conozco personalmente… ¿Quién sabe cómo es el cómo persona?” Recordemos que este es el hombre a quien venimos a protestar. Todos en el vehículo asentimos.

Pero, minutos después, cuando la conversación se centró en la Candidata Presidencial Demócrata Hillary Clinton, esa generosidad desapareció. La misma persona que le había dado el beneficio de la duda a Trump dijo “Si, bueno, ella es mejor que Trump, pero yo nunca podría votar por ella. Es que tú te das cuenta de que ella es una mentirosa. Es que tú te das cuenta de que ella no tiene principios.”

En mi preparación para escribir este artículo he investigando posiciones políticas y he leído muchos de los comentarios en artículos que se han escrito sobre Hillary Clinton. Incluyendo una pequeña reseña sobre el discurso de victoria de Clinton al principio de junio en la página feminista radical Feminist Current, para la que escribo con regularidad. Algunos de los comentarios fueron mesurados, pero muchos fueron maliciosos de manera personal. Uno decía:

“Amo esta página, pero Hillary es basura. Ella se ha hecho rica dañando el medio ambiente y es una instigadora de la guerra. Tiene una larga carrera basada en ser una terrible persona. Ella no es feminista: ella no va a mejorar este país. Ella es una política malévola del establishment a quien solo le interesa avanzar su propia carrera y no le importa que mentiras tenga que decir para hacerlo.”

Otra persona dice:

“Parece que solo a las mujeres blancas occidentales la están apoyando. Hillary es una instigadora de la guerra y una figura neoconservadora cuyas políticas en el pasado han contribuido a la destabilización en el medio Oriente. Si alguna de ustedes fuera una feminista radical de verdad, ustedes sabrían eso y no estarían apoyándola. Es inexplicable que ninguna de ustedes esté de acuerdo con su presidencia. Ella y Donald Trump son más similares que diferentes. Clinton se parece más a una serpiente en su forma de actuar y es más sutil comparada con lo estrepitoso que es Trump. Ella cambia de forma, como un camaleón para hacer lo que más le beneficie. Es inexplicable que las feministas la estén apoyando. Lean sobre sus acciones y reconsideren la persona que están apoyando.”

Opina otra persona más:

“Creedme a mí que soy una viejita de Arkansas, Hillary no vale el voto de nadie. Hay mucha maldad en esa mujer. Sigo votando por Bernie.”

Este tipo de comentarios van en la misma línea que todo lo he escuchado en mis círculos sociales progresistas con respecto a Clinton. Y es algo que me crea conflicto.

Que Clinton sea una candidata feminista o no es una pregunta digna de ser debatida, pero sea como sea, es necesario aplicar un análisis feminista cuando hablamos de Hillary Clinton como mujer política. Desafortunadamente, es más común verla deshumanizada y convertida en un personaje unidimensional.

Considerando la historia del movimiento feminista, si es considerado una victoria feminista que una mujer llegue al más alto escalón del poder. En Estados Unidos las mujeres han sido arrestadas, alimentadas forzosamente e incluso han muerto en su lucha por el derecho de las mujeres a votar y a poder ser elegidas a los puestos de poder político. Que haya mujeres en cargos políticos es un paso gigantesco, sea o no sea “la mujer ideal” para el puesto. Incluso si tu no consideras la posibilidad de una mujer en la presidencia como un logro importante, sigue siéndolo para muchas feministas a quienes les importa la política representativa. Y si en realidad queremos ser democráticos, tenemos que permitir que las mujeres apoyen a Clinton sin que sean estigmatizadas como unas “vendidas”, “feministas blancas privilegiadas” o feministas monstruosas y corruptas.

Algunos críticos argumentan que, como candidata, Hillary solo representa las voces de las personas blancas. Pero Clinton ha estado ganando el voto de las personas de color substancialmente estas elecciones. Durante el proceso de las primarias, Hillary Clinton gano cómodamente el voto Afro-Americano y el voto de los Asiático-Americanos. Cuando Bernie Sanders menospreció las victorias de Clinton en el Sur al decir que ella solo tenía el apoyo de los sectores más conservadores de los Estados Unidos, el analista político Nate Silver de FiveThirtyEight, le hizo lo aclaración:

“Aparte de ser importante para el presente y el futuro del Partido Demócrata, Florida, Virginia, Carolina del Norte y Texas son altamente diversos. Son diversos ideológicamente y son diversos racialmente. Esos estados tienen un alto número de votantes Afro-Americanos, pero también de Hispanos, y de manera sostenida también de votantes Asiáticos-Americanos.”

La manera en que los medios hablan sobre Hillary en lo que se refiere a temas raciales ha sido también sesgada. Un ejemplo ideal de esto es la manera en que los medios de comunicación cubrieron el rol de Hillary en la configuración de la ‘Ley de Control de Crímenes Violentos y Cuerpos Policiales’ del año 1994, una ley sobre el crimen que fue auspiciada por la administración de Bill Clinton. En un discurso público a favor de esta ley que era considerada una ley “dura contra el crimen”, Hillary hizo referencia a una teoría que fue llamada en ese entonces “teoría de los superdepredadores”. Esta teoría era parte de una pseudo-ciencia dentro del estudio de la criminología estadounidense en aquel tiempo que deshumanizaba los jóvenes negros, refiriéndose a ellos como unos “superdepredadores.” Esta ley es considerada como un momento clave que dio inicio al aumento deliberado y exorbitante del encarcelamiento de jóvenes de color por parte del Estado.

Este comentario inexcusable por parte de ella es el punto a donde señalan sus detractores como el indicador de su racismo de toda la vida. A ella la culpan por el incremento en el número de arrestos y personas encarceladas (especialmente hombres jóvenes de color) que fue el resultado de la Ley de su marido. Pero parecer que a muchos analistas se les olvida que, como Primero Dama, Hillary no votó por esa ley, contrario a otros tan llamados progresistas como Bernie Sanders que sí lo hicieron.

A sus detractores también se les olvida que cuando tenía 24 años, Hillary Clinton era una activista de los derechos civiles y raciales, llegando a infiltrar las académicas segregacionistas para averiguar si todavía continuaba la discriminación racial. De hecho, ella utilizo el privilegio que le confería ser una persona blanca para investigar si las escuelas públicas que eran predominantemente blancas continuaban discriminando los niños negros y niñas negras incluso después de que la Suprema Corte de EEUU haya prohibido la segregación racial en las escuelas. En aquellos tiempos, eso no era una tarea fácil y requirió de mucha más valentía que simplemente escribir un comentario encolerizado en el internet…

Bill Scher explico en un artículo para POLITICO, que muchos votantes progresistas sienten que Hillary no entiende los movimientos políticos de base y tampoco sienten que “ella” comparta “su pasión” por lo que a ella “no la perdonan tan fácilmente como lo hacen con otros políticos Demócratas”. Pero es que les algo falta en su análisis. Hillary fue activista durante su adolescencia en sus años universitarios, y ha mantenido esa perspectiva incluso en su vida pública.

Fue este fuego activista que, algunas personas en su círculo cercano argumentan, el que sirvió de catalizador para uno de los momentos más transformadores de su vida. Las generaciones más jóvenes no recuerdan la política de los Estados Unidos de los años 90 y el discurso de los medios no se los recuerdan, pero quienes se interesan por la política y la historia saben que la pelea por la Asistencia Médica de esa década fue despiadada. Oficialmente llamado “Ley por la Seguridad Médica” y apodado por la prensa como “Hillarycare”, Clinton peleó hasta más no poder, perdió de manera dolorosa y la acabaron. Según personas en su círculo, la dura respuesta que recibió de manos de la “América Corporativa” por abogar por una ley incluyente y que cubra más personas fue tan intensa y tan traumática psicológicamente para ella que tanto ella como su equipo han decidido no hablar más del asunto y ocultarlo.

Esa poca disposición a hablar abiertamente sobre sus cicatrices de guerra y sus lecciones dolorosas, para de esa forma evitar mostrarse vulnerables, combinado con la ofuscación de la izquierda por negarse a admitir que a veces Clinton ha sido su  firme aliada en muchas batallas, es -en parte- responsable del discurso que se ha creado sobre ella para mostrarla como una conservadora sanguinaria, y nada más.

Otros candidatos progresistas son interpretados como meros políticos al final de la jornada- capaces de impulsar cambios importantes y de vez en cuando un voto conservador que enoje a la izquierda por un tiempo, pero al final se les permite seguir definiéndose como “progresistas”. Ellos gozan del beneficio de la duda mientras que Hillary permanece en el imaginario colectivo como una caricatura.

Sanders, por ejemplo, es interpretado por la gran mayoría del electorado como un gran progresista en un sinnúmero de temas de relevancia política, a pesar de tener un récord de políticas militares de línea dura. Sanders apoyó el bombardeo de la OTAN a Yugoslavia en el 1999, voto a favor de financiar el golpe de estado contra el gobierno de Ucrania en el año 2014 y apoyo el ataque apartheid de Israel a Gaza, y sin embargo todo esto ha pasado desapercibido durante la campaña electoral. Aparte de esto, durante su campaña presidencial, tanto Sanders como sus seguidores han sido criticados por echar a un lado los asuntos raciales y de género en favor de una crítica al sistema de clases económicas. Además, durante la campaña desarrollaron una tendencia a menospreciar y restar importancia al sexismo abierto, al acoso y a las actitudes patriarcales que surgieron repetidamente no solo por parte de su comando de campaña sino también de sus seguidores.

No obstante, a Bernie le permiten llevar la bandera de socialista y aún más, también la de feminista. Sin embargo, con Hillary es otra historia.

La razón de esta discrepancia está en el sexismo sutil al que tienen que enfrentarse las mujeres políticas. ¿Han escuchado ese estereotipo que dice que en Hillary no se puede confiar porque es una mentirosa y una desalmada? Bueno pues PolitiFact, una organización imparcial que ha ganado un Pulitzer por el trabajo que realizan investigando la veracidad de las declaraciones de figuras públicas, ha investigado las declaraciones de Hillary y todas sus políticas públicas y han encontrado que de entre todos los candidatos en la campaña electoral del 2016, tanto Republicanos como Demócratas, ella ha sido la que tiene el récord más alto por decir la verdad consistentemente.

A las mujeres en política las sometemos a estándares diferentes que a los hombres

Parece que a las mujeres en política las sometemos a estándares diferentes que a los hombres. En The Guardian, Jill Abramson explica que, como antigua editora de The New York Times, ella ha estudiado e investigado a Hillary como figura pública por décadas. Y escribe que:

“Como todos los políticos, ella ha cambiado algunas de sus posiciones y a veces oculta la verdad. Aun así, Clinton ha sido consistente en muchos asuntos y cambiar posición de vez en cuando no es deshonesto. Es justo demandar transparencia. Pero es una expectativa injusta demandar pureza de ella.”

Abramson cita a Colin Diershing del Harvard Institute of Politics, quien concuerda, explicando que, cuando Hillary se comporta como otros políticos o cambia de posición “es visto como deshonesto. De las candidatas mujeres esperamos que sean puras.”

Cuando se trata de la cobertura de los medios de comunicación, no solo son los comentarios sobre su sexualidad los que demuestran sexismo evidente, sino la presunción de que todo lo que ella hace es malévolo lo que le da el toque especial. Y cuando digo todo, me refiero a que eventos como el nacimiento de una nieta o que se le salga una lagrima y le ruede por la mejilla, sean considerados como una señal de su maldad interior como en esas ocasiones ya lo han hecho. Para los medios de comunicación, descuartizar a Hillary es sinónimo de ganancias monetarias.

Apóyala o no, pero este no es el momento de descuidarnos en nuestros análisis feministas.

Hoy en día cuando yo pienso en Hillary, yo pienso en una niña de 12 años que sobrevivió una violación. La niña aguantó el terrible proceso re-traumatizante que es llevar a un violador a juicio. Su violador tenía 40 años cuando ocurrió la agresión y para llevarlo a la corte la niña tuvo que enfrentarse a un equipo de abogados defensores que lo defendía. En ese equipo estaba una joven abogada llamada Hillary Rodham. Estamos hablando del año 1975, mucho antes de que ella fuera una figura política prominente. En aquel tiempo, Hillary era una abogada y profesora joven que había sido asignada un caso en contra de su voluntad. Ella pidió que la quitaran de ese caso, pero su petición fue negada.

Podemos discutir sobre cuanto poder tiene una abogada joven para aceptar o negarse a aceptar un caso que le ha sido asignado al principio de su carrera, pero la verdad sigue siendo que, en 1975, a Hillary Rodham le asignaron el caso y ella hizo su trabajo, defendiendo su cliente, lo mejor que pudo.

Décadas después Hillary dijo: “Cuando eres abogada no siempre tienes poder de elección sobre a quién representas. Y por la misma naturaliza del sistema de justicia criminal, siempre habrá quienes tu representas que son personas con quienes tú no estás de acuerdo. Pero, al menos en nuestro sistema, tú tienes una obligación. Y una vez me lo asignaron, yo cumplí con mi obligación.”

Como alguien que llego a estudiar Derecho, como alguien que ha trabajado en casas de acogida para mujeres, niñas y niños víctimas de violencia y como sobreviviente de violación, a mí me resulta impensable la idea de defender a un violador, especialmente un violador de menores. Así que entiendo perfectamente las críticas dirigidas a ella, pero aun así siguen siendo injustas en muchos sentidos si consideramos que los abogados y las abogadas principiantes tienen la expectativa de que deben tomar casos sin importar que estén de acuerdo o no con la materia del mismo.

En vez de desestimarla por ese caso, ¿qué tal si consideramos todo lo que Hillary ha hecho por los derechos de las mujeres y niñas desde ese entonces? Contrario a otros progresistas, ella no solo se ha sumado a leyes que centren los derechos de mujeres y niñas, sino que ella misma ha redactado leyes que las centren en múltiples ocasiones. Esa distinción es importante. Durante los primeros años de su vida pública ella luchó por los derechos de los niños y las niñas dentro de la ley, peleó por que se aprobara el método anticonceptivo Plan B, redactó la Ley de Pago Igualitario y trabajo pro bono a favor de la niñez.

Ese famoso discurso en Beijín donde ella proclamó “Los derechos de las mujeres son derechos humanos y los derechos humanos son derechos de las mujeres” no fue solo una oportunidad para que la Primera Dama se tome una  bonita fotografía. De hecho, mi primer trabajo en mi ciudad natal de Santo Domingo fue escribir reportes y dar seguimientos a las estrategias de prevención a la violencia que fueron establecidas durante esa conferencia para la Plataforma de Acción de Beijín. Es como si nos olvidáramos de que mientras muchas personas en la prensa estaban ocupadas escribiendo artículos sobre su ropa y su cabello, ella estaba involucrándose y abogando por estrategias que han tenido ramificaciones a largo plazo.

Estas políticas no solo se centran en las mujeres blancas, como dicen quienes la critican, sino en las mujeres de escasos recursos, mujeres que son madres y mujeres de color también. Las mujeres de dinero siempre han tenido acceso a los servicios que necesiten, -reproductivos y generales-, incluso cuando estos existen en la clandestinidad. Son siempre las más marginadas, no las más privilegiadas, quienes más se benefician de los servicios accesibles.

Fue durante el tiempo de Clinton como Secretaria de Estado que se derogó la Global Gag Rule (o la Política de la Ciudad de México). Esta fue una ordenanza que le prohibía al Departamento de Estado de Estados Unidos financiar organizaciones locales en el Sur Global que se concentren en los derechos reproductivos de las mujeres porque los conservadores tenían miedo de que el dinero de sus impuestos termine financiando abortos internacionalmente. En efecto, lo que hizo la ordenanza fue que congeló fondos que pudieron haber sido utilizados y jugar un rol instrumental en las estrategias de planificación familiar en el Sur Global que, como sabemos, es algo fundamental para que las niñas y mujeres puedan vivir una vida plena y para que se garantice sus derechos humanos fundamentales.

Fue también durante el tiempo de Clinton como Secretaria de Estado que “los derechos de las mujeres” paso de treta de “poder blando” casi siempre ignorado, a ser un eje central en la política internacional (obviamente con resultados debatibles). Todo esto representa solo una fracción de la carrera de Clinton, pero estos análisis desaparecen cuando nos esforzamos en pintarla como una figura unidimensional.

En un debate para POLITICO la profesora de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Georgetown, Allida Black, alega que “el desafío de Hillary es mover la ‘Jugada de Ser Mujer’ más allá de las polémicas y llevarla dentro de los corazones del electorado. Si ella puede hacer eso, ella podrá trascender la política y orquestar una unidad que no hemos visto en generaciones.”

He aquí la posición imposible en la que se encuentra Hillary Clinton. Ninguna mujer ni niña en la historia del patriarcado ha logrado trascender la construcción social de su género femenino. Y es que ella tampoco es solo una mujer -ella ha sido la cara que se asocia con “mujer ambiciosa en posiciones de poder” en el imaginario público de los Estados Unidos durante décadas, con todo el contragolpe reaccionario que eso conlleva. En el mejor de los casos, Clinton será Presidenta con aproximadamente la mitad de la población estadounidense en su contra y una presión enorme dentro de sus propias bases, para ver cuánto a la izquierda la pueden empujar, todo claro está dentro del marco de un país colonizador, imperialista y promotor de la industrialización de las prisiones como lo es Estados Unidos.

Escribe Michelle Goldberg para la revista progresista Slate :

“Yo no culpo a Clinton por crear un caparazón alrededor de su verdadera personalidad. No existe una persona en los Estados Unidos que haya sido objeto de tanta disecación y escrutinio. Miles de palabras han sido dedicadas a burlarse de su cabello. La gente se ha mofado de su risa, sus arrugas, sus tobillos, su ropa. El planeta entero sabe que su esposo le fue infiel. Los medios de comunicación proclaman, día tras día, que es que ella simplemente no cae bien (a pesar de que ha sido elegida la mujer más admirada del planeta por veinteavo año consecutivo). ¡Claro que tiene problemas bajando la guardia! Si no tuviese una enorme capacidad de protegerse a sí misma, ¿cómo habría sido capaz de aguantar ese nivel de escrutinio y ridiculización cuando a cualquier otra mujer eso ya la hubiese vuelto loca?”

Aquel eslogan feminista que dice “Ni santas ni putas; solo mujeres” no solo se aplica a nuestras políticas sexuales, sino también a cada aspecto de la vida de las mujeres.

Igual que los hombres, las mujeres son capaces de ser personas multifacéticas que pueden en un momento apoyar políticas terribles, pero también políticas empoderadoras. Las feministas hemos estado peleando por décadas para que existan más representaciones de mujeres fuertes, complejas e imperfectas en la televisión y en las películas, para que así por fin podamos alejarnos de aquellos papeles estereotipados de las mujeres. En Hillary, tenemos una mujer influyente que es eso mismo: una mujer que se rehúsa a ser reducida a un estereotipo.

Ella no va a ser la feminista perfecta. Quizás la cuarta Presidenta de los Estados Unidos va a poder serlo. O la número 12. El binomio actual pone a Hillary o en un pedestal como una “jefa alegre, a la que le gusta usar gafas en lugares cerrados que se come a sus enemigos y que caga políticas publica” como dice la comediante Michelle Wolf en el programa The Daily Show o que la denigra como “una puta corporativa demócrata” como dice el activista Paul Song mientras introducía al Senador Sanders en un evento.

Quizás ella no es ninguna de las dos opciones. Lo que ella es, es una mujer en política.

(*)Activista; trabajando en los derechos de niñas y mujeres. Especialista en Estudios de la Mujer, Género y Sexualidad

 

Fuente: Tribuna Feminista

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